lunes, 17 de diciembre de 2012

UN COMERCIO DEL CENTRO HISTORICO: CASA NIETO.




Así, pues, tío, aunque tal fiesta nunca ha puesto una moneda de oro o de plata en mi bolsillo, creo que me ha hecho bien y que me hará bien, y digo: ¡Bendita sea!


Será por la proximidad de las fiestas o porque tengo ganas de dejar por escrito algunos recuerdos, hoy me quiero permitir un interludio intimista para reflejar aquí una página del siglo XX entre los histórico, lo económico, lo social, lo familiar y lo sentimental. Por un lado una breve descripción del comercio del centro histórico y por otro una semblanza en memoria de uno de esos comercios, lleno de historias y de vivencias personales, Casa Nieto.

Ya nuestros hijos crecerán en el mundo de los centros comerciales, los hipermercados, los discount y tendrán que despacharse ellos mismos, hasta la gasolina. Pero hubo un tiempo en los que el centro histórico era corazón económico de las ciudades. Y el centro de Sevilla tenía un encanto y una magia que se ha perdido. Es cierto que aún queda comercio en la zona y que desde los poderes públicos quieren fomentarlo. Pero es otra cosa. Y quizá así deba ser. No me tomen por uno de esos ñoños nostálgicos que solo ven en el pasado cosas deseables y que desearían que nunca se hubiera construido la SE-30. Pero aquellos comercios de antes, aquel sabor y aquel ambiente entre lo popular y lo señorial nos hablan de una época en que se desconocían las prisas y donde el glamour no se había inventado todavía. Y al echar la vista atrás recuerdo muchas cosas que hoy, con la ayuda del testimonio de mis mayores, quisiera compartir con ustedes.

Grabadas en mi memoria de niño las calles que hoy solo transito en Semana Santa: Alonso el Sabio, Puente y Pellón, Lineros, Francos…  Comercios desaparecidos vienen a mi memoria: la papelería de Fernando que me forraba los libros del colegio, la barbería de Antonio el portugués donde me cortaba el pelo, la zapatería de Pepín, Almacenes Carvallo, la Juguetería Sevillana cuyo escaparate miraba sin descanso, Almacenes Sola, Vilima, Casa Marciano que olía a jamón y a queso viejo… Y por ser el negocio familiar donde trabajaban mi padre y tíos, Casa Nieto.
 
La década de los 70 del pasado siglo conoció el auge de comercios como Casa Nieto. Con los 90 llegaron las nuevas tendencias, las grandes superficies y el consumo en domingo. Hoy, cuando la gente pasa los lunes al sol, cuando muchos pasarán la Nochebuena de Bob Cratchit, yo elijo enorgullecerme de ser quien soy y de ser capaz de recordar mi pasado con cariño.

Era Casa Nieto el prototipo del establecimiento comercial cara al público que fabricó la economía sevillana de los años 50. Un cuidado escaparate mostraba el género a la venta, todo en textil para el hogar, juegos de sábanas, mantelerías, fundas de colchón, colchas, toallas, edredones, mantas…. Mientras vivía, un gato llamado Vejiga dormitaba tras la luna, a la vista de los clientes. Dentro podía encontrarse el más amplio surtido de tejidos al corte, tergal, lino, arpillera, chevió, oxford… muchos de ellos ya descatalogados o difíciles de encontrar hoy día.

Los precios rotulados a mano en carteles blancos no cambiaban tanto como hoy día. En el umbral, bajo un toldo verdiblanco y polvoriento, una lona grande y raída anunciaba permanentemente Rebajas. Sobre el mostrador de caoba, cubierto de cicatrices en toda su superficie, recuerdo las tijeras que profusamente usaban los dependientes para servir la medida exacta de cada tejido. Tras el mostrador, los quejidos de una envejecida y cansada tarima de madera llamaban mi atención de niño y las grietas que se dejaban entrever daban entrada, en mi imaginación, al más oscuro inframundo.

En la añeja trastienda un grifo herrumbroso que desaguaba en una piletilla permitía lavarse y beber al que se atreviera. Tras una desvencijada puerta, el olor a zotal y a tasca que emanaba del inodoro saludaba al valiente que necesitaba utilizarlo. Para paliar la visión de las adherencias varias que lucía la taza, una señorita desnuda te sonreía pícara desde la pared, página desencuadernada de alguna de las primeras revistas de destape que trajo la Transición. Era imposible sustraer la mirada al generoso matorral de vello que exhibía la feliz dama, era la moda, la depilación llegó después (era la época del consabido donde hay pelo hay alegría). Obvia decir que en aquel aseo no había más papel que ese y que la ennegrecida cadena trabajaba poco.

Solía explorar los rincones de la tienda, con curiosidad de niño, revisando el almacén, abriendo cajones, jugando con el metro de madera, tocando las pesadas piezas de tela que era incapaz de mover, accionando luces y recibiendo de vez en cuando alguna regañina por mi indiscreción. Llamaban mi atención las máquinas calculadoras, todas analógicas que aún no llegó el chip, y con ellas hacía las operaciones básicas hasta que me reñían por estar malgastando el rollito de papel. En la pequeña oficina, máquinas de escribir Olivetti y escritorios con papeles archivados me parecían el colmo de la modernidad y la eficiencia administrativa. Por doquier abundaban los tickets amarillos empalados en unos objetos de escritorio con un puntal metálico. Hoy no se ven porque atentarían contra la seguridad en el trabajo.

Quien entrara por la puerta, vería al fondo la caja con su cajera y delante, sentado, vigilante tras sus gafas oscuras, con rostro grave  y humeante habano, el propietario, Juan Nieto, a la sazón tío-abuelo de un servidor. Era Nieto un personaje curioso. Cuentan que don Alonso, su padre, desesperado ante la rebelde e incorregible conducta de su hijo, excesivamente mimado por sus cuatro hermanas, le envió fuera de su Guareña natal con 14 años, y lo mandó a vivir con un pariente para que aprendiera el duro oficio del comercio. Veterano de la Guerra del Rif donde cuentan que casi la diña y que si no se llenó de gloria al menos sí de pulgas y ladillas, a las que ponía nombre. Que al volver de una pieza siguió trabajando en el comercio hasta que alquiló una casa anexa a los almacenes de Las Siete Puertas en la calle Burro, o Alonso el Sabio como se la conoce ahora, que allí fundó su propio negocio y que con el tiempo prosperó, dando trabajo al padre y tíos del que les escribe, que desde pequeñito correteó por allí como Pedro por su casa.   La tranquilizadora presencia de todos ellos, Paco, José Antonio, Luis, El Moreno, me hacían sentir como en casa y allá donde miraba siempre veía alguno.

Bajo su mascota, Nieto lucía una cabeza monda por sucesivas infecciones parasitarias procedentes de su imprudente afición al ibérico. Su estampa fumando habanos formaba parte del decorado del viejo comercio. Los niños besábamos al tío-abuelo al entrar y al hacerlo olíamos a puro, a cuero y a viejo. Pensando la estampa desde hoy día, no puedo imaginar mayor desaliento para el consumidor, pero antes era otra cosa, aquello era lo normal y su figura era bien apreciada por sus muchos clientes. Era muy estimado por sus queridos gitanos, vendedores ambulantes a muchos de los cuales ayudó a salir adelante. Honorables representantes de comercio como D. David Pérez y su hijo Pepe le convidaban con frecuencia junto a la plantilla, al cierre del mediodía. En Cataluña le recibían afectuosamente sus buenos amigos fabricantes y era bien conocido en Sabadell y Terrassa, las potencias textiles de España.

 
Enviudó joven de una mujer que no se merecía y no dejó hijos. Bebedor diario, se bañaba poco porque decía aquello de el agua pudre. Directivo en la Junta de D. José Núñez Naranjo, ayudó económicamente al Betis con dinero de su bolsillo y no escatimaba gastos cuando invitaba a su casa a directivos y jugadores.

De tanto en tanto, Nieto se levantaba y se asomaba a la puerta a ver llover o pasar a la gente, sin ahorrar comentarios por lo bajini a cualquier mujer vistosa. Era entonces cuando apuntaba una risita malévola que mostraba los restos de una dentadura que de amarilla pasó a marrón y que no conoció cepillo nunca, todo lo mas palillos que devolvía al vasito con sus compañeros tras usarlos.

Aficionado a explotar al prójimo, uno a uno, le fueron dejando todos, alguno más tarde de la cuenta. Fumador, glotón empedernido de todo lo insalubre, egoísta y putero, su salud de hierro le hizo durar mucho en este mundo porque en el otro no tenían prisa por saludarle. Al cabo, llegada su hora se fue solo y cargado de miserias. Donde quiera que haya ido quizá enseñara en su descargo, un raído escudo del Betis.

Feliz Navidad a todos.



Así, pues, tío, aunque tal fiesta nunca ha puesto una moneda de oro o de plata en mi bolsillo, creo que me ha hecho bien y que me hará bien, y digo: ¡Bendita sea!

Fred Honeywell, Cuento de Navidad
Charles Dickens




No hay comentarios:

Publicar un comentario