martes, 20 de octubre de 2015

CUMPLEAÑOS EN EL RIN



El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son

Hacen mucho ruido. Como siempre. Gritan como si fueran el doble de efectivos. Y no parecen muy dispuestos a dispersarse.

Diría que son unos siete… ocho mil quizá. Al menos los que puedo ver desde aquí. Tengo que entornar los ojos para apreciar los detalles, a mi edad comienzo a tener problemas de agudeza visual. Supongo que dormir poco y mal no ayuda mucho.

Tiene gracia, hoy cumplo 45 años. Y Marte me regala una bonita jornada. Qué mejor compañía en mi cumpleaños que la de unos putos germanos. Lo que no me pase a mí…

Según me contaron en el pretorio, el legado recibió hace días informaciones de movimientos de grandes grupos armados entre los bructeros. Tardamos solo una semana en reunir a toda la legión y cruzar el río. Una buena jugada que ha impedido una mayor concentración de tropas al enemigo. Pero estos cabrones han tenido tiempo para superarnos en número. Ahora hay que joderse y luchar.

Miro hacia atrás y encuentro las caras de mis hombres. Los fríos rostros de los veteranos, serios y enjutos, que observan las líneas enemigas, mientras mascan resina de lentisco. Los de los jóvenes, todos más pálidos que de costumbre, que no pueden ocultar su inquietud, porque tienen los nudillos blancos de tanto apretar el pilum. Han limpiado y engrasado sus corazas y sus cascos, para impresionar lo mas posible al enemigo. Camino entre las filas para animarles. A todos les miro a los ojos, les llamo por su nombre, les arranco unas risas y les recuerdo que están preparados, que esta mañana harán lo que saben hacer y que lo harán bien. En cuanto al Optio, una simple mirada hacia el fondo de las filas sirve para que asienta con su cabeza, con él sobran las palabras.

Mientras vuelvo a mi puesto a la derecha de la primera fila, me doy cuenta de que yo también tengo miedo. Desde que eres munifex asumes que no puedes evitar sentir miedo. De hecho, es tu mayor enemigo. Los dacios, los germanos,… te atacan de frente, contados días en el año. Les ves venir, hacen ruido y huelen mal. Luchan valientemente, casi siempre, y de antemano sabes que no tendrán piedad de ti. Lo asumes, cuando entiendes que el suelo que pisas perteneció a sus antepasados y que tú, un extranjero venido del sur, te crees mejor que ellos. 

Pero el miedo… el miedo es un enemigo furtivo, que se aproxima en silencio, sin previo aviso. Timor se infiltra en tu mente y lo sientes invadir todas las fibras de tu cuerpo. Se te sube encima y te pesa en las espaldas, tanto que te fallan las piernas. Pierdes la coordinación y olvidas cuantos conocimientos has aprendido. Entonces no puedes pensar y ni siquiera eres capaz de encontrar solución a problemas sencillos.

Y aún puede ser peor. Cuando el miedo te domina del todo, comienza a pensar y a tomar decisiones en tu lugar. El miedo te oculta la realidad, presentándote una visión falsa, que él ha dibujado solo para ti. En esa visión, todo es más negativo y peligroso de lo que es en realidad. Cuando tienes esa clase de miedo, ves más enemigos y por más sitios. Te parecen más fieros, más grandes y mejor armados que tú. Y el único mensaje que escuchas en tu interior es date la vuelta y corre.

Las señales tocan avance. Mando intente y después movete. El Optio repite las órdenes al fondo. En silencio, mi unidad avanza marcando el paso. Toda la masa del frente comienza el movimiento y me preocupo de mantener la alineación de mi unidad con las demás, mirando a izquierda y derecha.

¿Y si muero hoy, el día de mi cumpleaños? Tendría gracia. Esquivé a la muerte demasiadas veces. Parece que la parca se resiste a cortar el hilo de mi vida. Comencé en la Dacia, siendo todavía un muchacho, cuando me asignaron a esta legión, recién reclutada por el divino Trajano. Miles de jóvenes fuimos adiestrados al sur de la Galia, meses y meses de dura instrucción contra reloj, para alistar, enseñar y equipar a toda una nueva legión, una tarea logística que los romanos hacíamos muy bien. Bajo el Aquila recién estrenada de la XXX y con la inconsciencia que da la juventud, probé en mis carnes la dureza de la guerra. Mi cuerpo estaba preparado, pero no mi mente. La guerra no era gloriosa, ni épica, ni legendaria, ni noble. La guerra era sucia, cruel, maloliente y dura. Por primera vez en mi vida, encontré a los que deseaban matarme sin conocerme de nada. 

Poco a poco nos acercamos a la línea de germanos. Ellos también están caminando hacia nosotros, al menos no se limitan a gritar. Caen algunos dardos y piedras, que hacen un ruido sordo sobre nuestro muro de escudos. Algún proyectil cae sobre un casco, escucho el sonido metálico y el quejido del legionario. Nada grave. Permanezco atento, porque a veces les da por correr hacia nuestras líneas, para sorprendernos y cerrar distancias. Pero no están muy bien dirigidos esta mañana, así que alcanzamos la distancia operativa de nuestros pila con más tranquilidad de la esperada. Esto marcha. Puedo oír las órdenes de alto dadas a lo largo de toda la línea. Nosotros también detenemos la marcha para arrojar nuestros pila tal como hemos hecho en mil y un ejercicios. A mi orden, con un gruñido de esfuerzo, nuestra lluvia de hierro describe un arco suave hacia la masa germana, que se detiene en seco mientras se cubre de escudos. Aún no han caído sobre ellos cuando ordeno desenvainar los gladius, no hay tiempo que perder y tenemos que prepararnos para el choque. Vuelvo la vista hacia los germanos. El lanzamiento ha sido rentable. Pero son demasiados hoy. Están recomponiendo sus líneas y retirando a sus heridos. Toca avanzar otra vez.

Cuando era un centurión novato, no podía evitar recordar a esos otros que ví morir delante de mí. Me acuerdo del centurión Antonio al que cortaron el cuello con una falx dacia. Todavía veo sus ojos blancos y la cruel herida por la que se escapaba su vida, cuando lo trasladaban a retaguardia. Me acuerdo de cómo Aquila cayó atravesado por varias lanzas sármatas, cuando nuestra centuria tuvo que desplegarse en retaguardia para proteger a toda una columna. Era duro de roer, y no murió antes de destrozar la rótula de un jinete enemigo y destripar a otro caballo con su gladius.  

No. El puesto de centurión no es envidiable. Siempre en la derecha de la línea, en la posición más expuesta, su situación siempre clara para cualquier enemigo que conozca un poco las tácticas romanas. Su cresta transversal sirve a sus hombres para localizarle fácilmente en todo momento, pero también es de gran utilidad a un enemigo siempre hambriento de liquidar a los oficiales y coleccionar cascos como trofeos, a ser posible con las cabezas dentro.

No, no es un cargo envidiable. El puesto de centurión es ofrecido a muchos veteranos que renuncian a tal honor y tal paga. Para aceptarlo, o bien estás muy seguro de ti mismo, o bien estás loco.

Hoy, a pesar de lo vivido, todavía siento miedo. Siempre. Pero ahora, tras tantos años de servicio, no me dejo dominar por sus garras. He aprendido a controlar la respiración, para que mi cuerpo calme a mi mente y sujete sus riendas, como hago cuando monto un caballo difícil. Entonces mi corazón deja de correr y comienzo a pensar con claridad. Mi vista puede ahora ver la realidad, mis movimientos se hacen pausados, mi voz es firme y no tiembla. Grito voces de ánimo. Estamos muy cerca de estos hijos de puta, vuelvo la cabeza a la izquierda, la línea sigue bien. 

Como mandan las ordenanzas, nunca contraje matrimonio. Conocí muchas mujeres en mi vida, pero no sé si amé a alguna. O quizá sí. A una o a dos, como mucho. Hijos, no sabría decir. Ni tan pocos como yo creo, ni tantos como algunas pretenden. A veces pienso que la guerra me robó la capacidad de amar. Quizá, en mi estela funeraria, junto al “Que la tierra te sea leve”, deberían grabar “Las mujeres le amaron más de lo que él las amó a ellas”. Quizá me equivoqué y nunca encontré el momento, o quizá no soy tan listo como creo y no debí reengancharme al terminar los 25 años de servicio. Quizá debí elegir una mujer y retirarme con ella y mis ahorros, a cuidar una pequeña villa en Campania y a tener los problemas de la gente corriente. Sin embargo, aquí estoy, a unos pasos de miles de tipos que quieren destriparme. Al carajo. Es la hora de hacer mi oficio.

“Bien muchachos, ya sabéis el guion... Esto va a ser divertido... Todos pegados a mi culo y manteniendo la línea… Esta noche os pago el vino a todos… ¡Paso ligero! ¡Por la XXX y por Roma!




El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son.
Tito Livio, historiador romano 




Artículo patrocinado por LA CASA DEL RECREADOR. Material de reconstruccion histórica.