miércoles, 22 de marzo de 2017

LA PELA NO ES LA PELA

Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.


19 de marzo de 1994, Alcalá de Guadaira, Sevilla. Cientos de familias se manifiestan en protesta por el anuncio de cierre salvaje de la fábrica de la multinacional norteamericana Gillette. Doscientos cuarenta y seis trabajadores estaban virtualmente en la calle, pero estaban dispuestos a luchar. Luchaban porque aquella empresa multiplicaba sus beneficios mundiales año tras año. Luchaban porque se llevaban la producción a otros países, con el fin de pagar salarios miserables a trabajadores rusos, turcos y polacos. Luchaban porque aquella fábrica suponía el sustento de todas esas familias de Alcalá y Sevilla desde 1967. 

Pero Gillette cerró. De nada sirvieron las protestas, los gritos, los tumultos, las lágrimas de hombres y mujeres que quedaron en el paro, muchos de ellos para siempre. Alguien, en algún despacho de sillones de cuero y maderas nobles, había decidido que la suerte de 246 familias de aquella ciudad del sur de España estaba echada. 
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Tenía entonces yo 23 años y ultimaba mis estudios de la carrera de Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Sevilla. Aquello que veía por la televisión causó una honda conmoción en mi joven mente de futuro economista. Rebelado ante la impotencia, me preguntaba si podría hacerse algo , algo más que manifestarse, algo más que gritar y que llorar. Me preguntaba si la gente, los ciudadanos de a pie, los pobres y pequeños patriotas del pueblo, podrían hacer un gesto, aunque fuera insignificante, para mover las montañas de la economía y las voluntades políticas. ¿De verdad no podía hacerse nada contra aquello?

Aquellas ideas que me asaltaron entonces, han sido compartidas después por muchos teóricos de la economía, hasta el punto de que, gracias a muchas obras y artículos, están mucho más desarrolladas en este siglo XXI actual. Aunque todavía queda mucha conciencia de masas que desarrollar, hoy por hoy, los consumidores son mucho más conscientes de su poder colectivo de lo que lo eran antes. Sin embargo, lo que en realidad falla a nivel de masas, es la cadena de transmisión que va de la conciencia a la acción. Es aquí donde encontramos lo que los expertos llamarían el “gap”, la brecha, la discontinuidad de la que todavía se sirve el gran interés económico para despreciar o, al menos, no temer, el gran poder del consumidor consciente

¿Qué supone ser un consumidor consciente? Pues ni más ni menos que no formar parte del rebaño. El consumidor consciente es  aquel que no se deja seducir por el precio y se hace preguntas, va mas allá, piensa en las consencuencias, aunque sean minúsculas, de su decisión de compra. Y la decisión la componen respuestas a preguntas como, qué comprar, dónde comprarlo y a quién.

Porque, por desgracia para todos nosotros, aquello de la pela es la pela, es el arma sutil y al mismo tiempo poderosa, que manipula la voluntad de las masas a nivel industrial. Sin embargo, aún queda una esperanza a los patriotas. A los únicos patriotas reales les queda convertirse en consumidores conscientes.

Nos engañan para buscar gasolineras donde podamos repostar cada vez más barato, pero aceptamos de buen grado tener que servirnos nosotros mismos el combustible. Así nos la dan barata sí, pero a costa de eliminar puestos de trabajo. Los mismos puestos que está eliminando la banca, gracias a que los canales online sustituyen a los empleados. Los mismo puestos que eliminan los supermercados, donde el cliente ya no solo se sirve los productos sino que incluso se los pesa en la frutería y dentro de poco se los cobra a sí mismo en una caja automatizada.

Presumimos de ecologistas y amantes del medio ambiente, pero rehusamos pagar unos euros de más consumiendo productos ecológicos libres de pesticidas o carnes de producción respetuosa con el planeta.

Compramos un coche , mendrugos y zoquetes todos nosotros, y elegimos uno fabricado en Suecia, siendo España uno de los mayores productores de coches del mundo, con plantas de fabricación en Cataluña, Valencia, Aragón…

Presumimos de patriotas, pero no leemos las etiquetas de lo que compramos. Suscribimos seguros y no nos importa si esa compañía tiene su domicilio social en Gibraltar, con lo que nos convertimos en cómplices del colonialismo y de los paraísos fiscales. Todos aquellos poderosos que, cada mes de agosto, ponen una banderita española en la mano de cada ciudadano para enojarnos contra Gibraltar, son los mismos que tienen radicadas sus empresas allí, donde se estima que los seis kilómetros cuadrados de colonia albergan 80.000 empresas, la mayoría de ellas de capital…. ¿británico?... no, español.

Clamamos contra el paro que azota nuestro país, nuestra región, pero hacemos kilómetros para comprar en grandes almacenes de ferretería y jardinería, sin hacer ni el intento, de preguntar en el negocio local de nuestro barrio o nuestro pueblo, si tendrían tal o cual artículo. Pensamos que será más caro y no estamos dispuestos a soltar ni un céntimo de más.

Lo mismo aplica a esos famosos bazares que nos seducen con su variedad y precios, porque tienen de todo, pero que no dejan en nuestra ciudad ni en nuestra economía ni un céntimo más de lo imprescindible, porque todos los euros que les damos viajan veloces al lejano oriente. ¿En serio que es saludable para su región comprarles a ellos?

Y nos quejamos de la insolidaridad del separatismo nacionalista, que pretende arrancar del común la riqueza que nuestros abuelos y padres localizaron allí, pero al mismo tiempo compramos productos, vemos películas y mandamos todos los euros de España hacia aquellas regiones, tan solo porque la pela es la pela y no vamos a molestarnos en comprar una pizza, un jamón de york, un caldo de pollo o un cacao soluble un poco más caro o disponible en el supermercado de dos calles más allá. Faltaba más.

Clamamos contra los sueldazos y las puertas giratorias de las grandes eléctricas, pero ¿cuántos de nosotros penalizamos a tal o cuál eléctrica, eligiendo la competencia? Igual ocurre con las compañías telefónicas. Algunos se fueron de Vodafone, donde estaban bien tratado sen cuanto a servicio y tarifas. ¿La causa? Un anuncio de TV de mal gusto, insolidario e insultante con un determinado colectivo social (los afectados lo recordarán bien). El público clamó disgustado, la compañía retiró el anuncio a las pocas semanas y pidió disculpas. A muchos no le sirvieron. No daban crédito a que se fueran de Vodafone por causa de un anuncio de televisión. Otros protestaban en Twitter, pero su protesta era dejar su operadora. Es así de simple. Sin miedos.

"Mientras sean pobres comprarán según el precio. Mientras compren según el precio les venderemos lo que queramos. Mientras nos compren a nosotros seguirán pobres." Por eso nada cambia nunca. Por eso los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más numerosos. En España, la crisis ha hecho duplicar las fortunas de los que ya eran ricos, mientras que ha acuñado términos como "trabajador pobre" e incluso "empresario pobre", para designar algo terrible, que puede tenerse un empleo, ser empresario o autónomo, y ser casi tan pobre como estando en paro.

Esta es la falta de conciencia, patriotismo y compromiso que aboca a las masas a seguir siendo manipuladas, a regiones como Andalucía a permanecer a la cola de la industrialización, el comercio y la renta per capita. Esta falta de consecuencias fue lo que decidió a Gillette a cerrar su fábrica de Sevilla, como después hizo Flex y después Roca. ¿Han pensado en las consecuencias para Flex si 8 millones de andaluces decidieran no comprar ningún colchón más de esa marca en toda su vida?

El día en que los consumidores alineen sus creencias con sus actos, sus opiniones con sus decisiones reales, solo ese día, comenzará la verdadera democracia participativa, el verdadero gobierno del pueblo, no ya con un voto cada cuatro años, sino con el voto diario y poderoso de elegir qué y, sobre todo, a quién compramos. En este mundo globalizado, el dinero, nuestro dinero, es el que en realidad manda.
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Con los ojos entornados por el sueño, mientras suenan en la radio las noticias del día, me miro al espejo congratulándome porque estoy vivo un día más y tengo el gustazo diario de coger mi Wilkinson Sword Hydro 5 y afeitarme la cara con ella. Wilkinson nunca cerró una fábrica en Sevilla, porque nunca la tuvo. Pero este que está aquí, el hijo de un dependiente de comercio, se prometió a sí mismo, un día del padre de 1994, que a Gillette le podían ir dando por culo. De por vida.

Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada. 
Edmund Burke, escritor, filósofo y político británico.