martes, 30 de abril de 2019

TIEMPO, TIEMPOS Y LA MITAD DE UN TIEMPO



El lanzamiento de un libro siempre es buena noticia para el prestigio de un idioma y para la riqueza cultural de un país. Si el libro que se lanza es de un tema que te apasiona, entonces estás de enhorabuena, porque leerlo te otorgará horas de diversión, muchas emociones y nuevos conocimientos. 

Pero si lo has escrito tú,entonces…es difícil explicar lo que ocurre entonces.
En unas cuantas semanas, la novela que he estado escribiendo durante cinco años verá la luz. Cinco años en los que descubrí que solo había una cosa más apasionante que leer… escribir aquello que te gustaría leer.
Quizá no lo hayan intentado nunca, pero en mi caso, comenzar a escribir un libro supuso el paso natural desde el blog o los artículos en prensa y revistas. Una decisión que tardó en llegar, pero de la que me alegraré siempre.
“Tienes talento”, me decían, "anímate a escribir un libro". Pero el trabajo nunca fue buen compañero de la mente creativa y hasta 2012 no encontré ni las fuerzas ni la motivación para dar el salto. Un día, Fortuna tuvo a bien dirigirme una sonrisa y cambió mi vida, porque me despidieron. Con una patada en el culo, a primeros de septiembre. Bien fuerte, sí señor. Ese fue mi primer vuelo en solitario, impulsado en este caso por el zapatazo del jefe en mis nalgas. Aún no lo sabía, pero aquel, fue el primero de los días más creativos de mi vida. Mi ocioso cerebro aprovechó a partir de entonces para poner a funcionar neuronas subestimadas que llenaron de color mi recién estrenada mente de escritor.

¿Sobre qué escribir? Para mí, la opción estuvo clara desde el principio: los mitos religiosos, el cristianismo y sus misterios, la historia y enigmas que rodearon la conformación de las creencias que hoy consideramos tan cotidianas como inamovibles.

Desafiar a lo oculto. Investigar misterios y crear historias que ayuden a comprenderlos. Escuchar los consejos de los que ya escribieron, beber de las mismas fuentes, rebuscar en perdidas librerías aquellos ejemplares extraños que necesitaba leer para escribir. Llenar la mesa de libros abiertos, llenar sus páginas de pósits de mil colores, llenar los ratos de ideas y transformarlas en notas con apuntes por todas partes.

Mes tras mes y año tras año, solo he leído aquello que contenía la información más valiosa para mi propósito. En la recta final, este enorme puzle en que se había convertido mi obra fue completando sus piezas, que luego se fueron conectando unas a otras, hasta que, con un sonoro clic, conformaron un todo armónico.

Allí estaba. Por fin. La tinta se secaba sobre el papel blanco. El alambre perforaba los márgenes de los folios, uniéndolos en aquella primera versión que reposaba sobre la mesa.

En sus páginas, los personajes cobran vida: hablan, sufren, temen, viajan y se enamoran.

Un relato sobre el Tiempo a través del Tiempo.
Un viaje por la Historia de la Humanidad, para desvelar los mayores enigmas que salpican nuestras creencias, desde sus comienzos hasta la actualidad.
Un épico relato acerca del universo, el amor, la guerra y la esperanza…

No ha quedado mal del todo…

Muy pronto a la venta: EL REFLEJO DE LA DIOSA.


Y él hablará mal contra el Excelso y atropellará lo santos del Altísimo, y se creerá con facultad de mudar los tiempos, y las leyes, y serán dejadas de su arbitrio todas las cosas por un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo.
Daniel 7, 25 


domingo, 16 de diciembre de 2018

LIFE COACHING



La honestidad es el primer capítulo en el libro de la sabiduría.

Entre la publicidad no solicitada que a diario nos impacta, por culpa del pasatiempo de las redes sociales, me llegó el otro día la de un curso de Life Coaching. ¿Life coaching?. El “coaching para la vida”, interpreté. Curioso, hice clic en el enlace, consciente de que, en lo sucesivo, Facebook interpretará que estoy vivamente interesado en realizarlo. El anuncio me redirigió a una página en inglés de las de dudosa pinta, donde se explicaban las características y conocidas herramientas del coaching y se glosaban las ventajas de convertirse en un “coach para la vida”. 

Conocedor de los que es el coaching, me mostré complacido con esta calificación o variante que se centra en el apartado personal y que ofrece las herramientas y la formación necesaría para mejorar la calidad de vida y las relaciones interpersonales.

Sin entrar a valorar la calidad del curso, que consistía en una serie de videos online y que se podía realizar por el módico precio de 14,99 €, me pregunté si, a mi edad, no estaría yo ya de sobras graduado en ser un life coach. ¿podría mi hijo considerarme su coach para la vida? ¿Podría yo dejarle un curso intensivo de normas de conducta y herramientas que le ayudaran a afrontar la vida, según todos los indicios, más difícil y competitiva que la que yo he tenido que afrontar?

Bueno, pensé, quizá es cuestión de escribir estas recetas que, como padre, puedo permitirme dejar a mi hijo. Inmejorable oportunidad para alimentar mi abandonado blog personal este año 2018. Y hacer un regalo de Navidad especial para mi queridísimo hijo.

Así que hijo mío, rebuscando en mi código interno, y haciendo una pausa en el libro que escribo y espero terminar el año que viene, me he puesto manos a la obra y humildemente te dejo esta líneas que espero leas, si el sistema educativo andaluz te lo permite, entre asignaturas inútiles,  horarios sobrecargados, exámenes constantes (y desmoralizadores), idiomas que aprender antes de dominar el tuyo propio, madrugones, atascos y carreras de coches para llegar a todas partes, tareas, deberes, ejercicios, estudio para casa y actividades extraescolares. 

Es posible que, como dijo mi querido petit caporal, la manera más segura de seguir siendo pobre es ser honesto. Pero igualmente es la única manera de seguir siendo feliz. Así que...
 
Receta de tu padre para permanecer honesto, pobre y feliz:


  1. Se agradecido siempre, pero nunca seas pelota. Esto último hará que muchas puertas permanezcan cerradas para ti. No ser el adulador de tu jefe ni pelotear a los poderosos hará que los círculos del poder y el dinero te sean inaccesibles. No tengas apetito por ellos. No esperes a recibir el favor que te resuelva la vida. Si necesitas ayuda, pídela. Y si te la otorgan, recuérdalo y agradécela siempre con creces. Y hazlo de corazón.
  2. Se independiente. Evita las etiquetas, los partidos y las opciones. Esto es realmente difícil. En el mundo del "o conmigo o contra mí", te va a resultar casi imposible evitarte enemigos. Tendrás que vivir con ello. Pero aléjate siempre de abrazar facciones, idearios y dogmas. Nadie posee la verdad absoluta y dudar es propio del sabio.
  3. Sonríe. Se amable con todos. Si algo no te gusta de alguien, cállatelo. Evita entrar el "judge mode", el modo juicio, que es tan común hoy día. El primer paso para ello es hacer un uso prudente de las redes sociales, como te diré mas adelante. En ellas, unos cuentan toda su vida y otros se dedican a juzgarla. No permitas tampoco que nadie enjuicie tus actos de modo insano.
  4. No seas partícipe de injusticias a gran escala. Toma compromiso con tus propias convicciones y se socialmente responsable. Si amas el planeta, recicla tu basura y usa con medida los plásticos. Si te preocupa el paro y la desigualdad, no participes en fraudes fiscales o en comercio injusto. Pero confórmate con dar tu ejemplo: no eches sobre tus espaldas la irresponsabilidad de otros.
  5. Lucha por tu tierra. Y también lucha en tu tierra. No escurras el bulto ante las dificultades. Trata de cambiar las cosas allí donde tienes tu hogar. Escapar es más fácil que emprender allí donde deseas crear desarrollo económico y empleo. Si todos emigramos a los grandes núcleos económicos, tu tierra se verá despoblada y seca.
  6. No creas cuanto escuches. No mires en exceso los noticieros y limita conscientemente el uso de las redes sociales. Mejor aún, úsalas con extrema moderación. Conviértete en un "desinformado consciente". Basta una ojeada a cuatro titulares para conocer lo que realmente merece la pena. El otro 90% es crónica de sucesos, veneno político y la dosis diaria de odio para la masa.
  7. Ayuda. Pásate la vida ayudando. Allí donde detectes una necesidad, ofrécete. Se servicial. Nunca rechaces hacer un favor pensando en compensaciones. No hay mayor placer que dejar felicidad allá por donde pasas y que el recuerdo de ti sea grato para todos. La felicidad y la paz te retornarán siempre, de un modo u otro.
  8. Confía. Es imprescindible confiar en los demás. Esto te granjeará traiciones y decepciones. Pero también tú decepcionarás a alguien alguna vez. Que tu corazón no se rodee de alambre de espino para protegerte de los engaños. Solo confiando y delegando en los demás podrás acometer grandes proyectos. Llegarán sin duda las traiciones, pero solo toma nota y pon distancia, para evitar que te dañen dos veces.
  9. Perdona. Pasa página. Olvida. El reconocimiento consciente de la propia miseria interior es una de las mejores lecciones que aprendí de pequeño. Esta conciencia de culpa te ayudará a comprender y a perdonar las faltas de los demás. Esto no es garantía de que los perdonados sean después tolerantes con tus fallos, antes bien, podrán ser los más críticos. Pero el perdón te da la paz. Y la paz te da la felicidad. Siempre trae cuenta.
  10. Acepta. Sobre todo las pérdidas, los reveses y el resto de esas cosas malas que nunca queremos que ocurran. Cuanto antes aceptes las adversidades, antes estarás en la rampa de despegue para superarlas. Un día la vida te desgarrará de dolor y no sabrás por qué. Dolerá, lo se. Pero también se pasa. Acepta que las cosas malas ocurren, sin que puedas hacer nada para evitarlo. La muerte de tus seres queridos es lo único que no tiene remedio, y también tendrás que aceptarla. Recuérda lo que te decía tu abuelo: "acostúmbrate a lo malo antes que a lo bueno".

Mi curso de life coaching es gratis, hijo mío. Podrás consultar este artículo siempre que quieras. Mantener este decálogo de honestidad casero te mantendrá dentro de lo que antes se llamaba el honor y probablemente te dejará en la ruina económica. Pero te hará feliz siempre. 

Feliz Navidad.


 
La honestidad es el primer capítulo en el libro de la sabiduría.
Thomas Jefferson
Tercer presidente de los Estados Unidos de América 

jueves, 19 de julio de 2018

PON UN KIA EN TU VIDA. Y VERÁS.

Corea es uno de mis paises menos favoritos. Quizá con Bélgica, aunque aquí tengo un conflicto, por culpa de la cerveza. Lo siento, pero lo de Corea viene del mundial de futbol del mismo nombre, en el que la España de Joaquín fue injústamente apeada por una anfitriona que no se ha visto en otra (literalmente), mediante la compra de un indigente arbitral llamado Gamal al Ghandour. Si yo fuera espíritu errante, me estaría dedicando a aparecerme a este tipejo, pero con saña. El balón no salió, majadero, fue gol. Que las Furias te persigan, verguenza egipcia.

Sirva esta entradilla para divulgar un problema de consumo que ha afectado a mi buen amigo y compañero Jorge, usuario de la chapucera tecnología coreana. Aquí les dejo su testimonio tal cual, con mínima edición, pues Jorge escribe divinamente.

El pasado junio, de viaje por Cádiz, paré a repostar y me equivoqué de combustible (gasoil en lugar de gasolina). El lunes 18 de junio la grúa llevó mi coche, un KIA NIRO (hibrido) al concesionario oficial KIA TRASUR en Algeciras, donde el mecánico, al recibirlo, lo arrancó (según testimonio del operario de la grúa y que tengo por escrito) según él “en modo eléctrico”. Esto ya te da una idea del nivelito de los mecánicos, porque el KIA NIRO - a diferencia de los TOYOTA que tiene un botón que discrimina entre motor hibrido y de gasolina-, es la centralita la que “decide” qué motor entra y qué motor sale. En KIA TRASUR Algeciras permanece el coche durante tres días enteros sin que nadie le preste atención (según @kiaespana, tienen un plazo de 24/48 para responder), así que decido llevármelo a otro taller cercano donde llega el miércoles 20 sobre las 18:30. A las 19:00 llamo para comentarle el problema y el encargado me suelta que el coche está sin batería (también lo tengo por escrito), cosa a la que en ese momento no doy importancia.

Al día siguiente, jueves 21, sobre mediodía me llaman del segundo taller para decirme que el cambio de combustible está hecho, pero que al tratar de arrancarlo la pantalla del salpicadero da un error “del motor hibrido” y el coche no arranca (ya empieza a cobrar protagonismo el tema de la batería).
El viernes 22 pago una grúa y me lo traigo a Sevilla. Durante toda la semana siguiente, del 25 al 29, se dedican en @kiaespana a “interpretar” desde Madrid los datos de la máquina de diagnóstico con el resultado de: Batería de alta del hibrido por debajo del nivel crítico de carga, es decir, la batería a la basura. En ese momento me llaman para darme la noticia en persona y me comentan que puede ser debido a haberse dejado el motor encendido. (Posteriormente he pedido en varias ocasiones que me pongan eso por escrito, pero se han negado).

Durante la semana siguiente tratan de salvar la batería siguiendo los pasos que le indican, otra vez desde Madrid, sin que puedan rearmarla. Total, batería nueva, 4.500€ + IVA (sin contar mano de obra), y un mes sin coche, sin que nadie me dé explicaciones de por qué se ha estropeado, eso sí, han puesto por escrito que no es de fabricación y que no lo cubre la garantía.

Se presentan, según mi opinión y con los datos que poseo, tres opciones.
  1. Que al repostar gasoil en lugar de gasolina esto afectara a la batería, lo cual sería un defecto grave de diseño.
  2. Que no sepan por qué se ha ido la batería y le pueda ocurrir a cualquiera en cualquier momento, lo cual sería un defecto grave de diseño.
  3. Que efectivamente, dejaran el motor arrancado y ese fuera el causante del fallo en la batería, lo cual sería un defecto grave de diseño, dado que hoy día cualquier móvil con batería de litio (como la del coche) tiene un sistema de seguridad que evita que se descargue por debajo de cierto nivel, que hace que la batería sea irrecuperable.
Mi consejo, que nadie compre un hibrido de KIA sin que esté dispuesto a asumir el riesgo de que en cualquier momento se le pueda ir la batería de alta.
Lo de no fiarme de los coreanos no me coge de sopresa. Sí me deja de piedra la fragilidad tecnológica de los coches híbridos, sobre los que había pensado seriamente en ocasiones. 

Hasta ahora, por supuesto.

miércoles, 31 de enero de 2018

UNA MASCARA POR AMOR




Sé que amarla es una traición a Francia. Pero no amarla es una traición a mi corazón.

Me gusta el cine. Y las películas históricas o con historias del pasado. Como a tantos españoles, desde pequeño, me fascinaba asistir a hechos de otros tiempos, reales o imaginarios, y vivir aventuras intensas en la piel de los héroes de los largometrajes.
 
Así que, como hace tanto tiempo que no le meto mano a mi blog, hoy voy a escribir de cine. Y quién sabe, lo mismo tiro del hilo y comento en cada entrada alguna de las películas míticas que marcaron mi niñez, mi juventud o mi madurez, utilizando mi punto de vista personal y extractando de ellas conclusiones curiosas o aplicaciones útiles. En esta ocasión, y en las posteriores si al destino le place, intentaré dedicarme a éxitos menores, obras infravaloradas casi siempre, películas de segunda línea, no por ello menos populares, que me atrajeron especialmente y sobre las que escribir aporte algo al manido tema de la crítica cinematográfica.

Y comenzaré por una película que me gustó desde la primera vez que la ví, que han sido unas cuantas desde entonces. El hombre de la máscara de hierro es una película de 1998 que nunca fui a ver al cine. Me la encontré un día cualquiera en la televisión de casa, donde la descubrí tarde, pero donde tuve la oportunidad después de poderla ver, repetidamente, todas ellas con gran interés. La película es amenísima, muy divertida y llena de aventuras emocionantes que mantienen al espectador encajado en la silla. También es una película romántica y dramática, con historias familiares y amorosas intemporales. Aunque no es la primera vez que el cine abordaba el mito del prisionero misterioso (todas muy desafortunadas), esta película dignifica la misma historia/leyenda y la engarza con la novela de Dumas, Los Tres Mosqueteros, de una manera magistral. Está cargada de frases antológicas, que pueden hacerte morir de la risa o dejarte reflexionando sobre el sentido de tu vida. Y por último, cuenta con un sorprendente desenlace, que llega tras una sobrecogedora escena final. 

A pesar de todo esto, no sería perfecto si no contara con un reparto envidiable: Leonardo DiCaprio, Gabriel Byrne, John Malkovich, Gérard Depardieu y Jeremy Irons. Sin olvidar, a unos jóvenes Huge Laurie y Edward Atterton con unos papeles secundarios (o terciarios) que son muy meritorios a pesar de que pasan desapercibidos. No me tachen de misógino por no nombrar a ninguna mujer. Sencillamente, en esta película no hay color entre unas estrellas y otras.

Aunque la película gastó un presupuesto de 35 millones de dólares y generó taquilla por 183 millones, la crítica no la trató bien, posiblemente por la negativa estela dejada por obras anteriores sobre el mismo tema y los prejuicios sobre su director Randall Wallace, del que solo se tenían noticias como guionista de Braveheart, pero que se estrenaba en la dirección con El hombre de la máscara de hierro. A pesar de todo, recibió cinco nominaciones a diferentes premios en festivales de cine, de los cuales ganó tres.

No escribiremos aquí el argumento de la película ni repasaremos las incoherencias con la cronología histórica real o las auténticas biografías de los protagonistas de la aventura. La película no trata de pasar por histórica y, al cabo y como siempre digo, el cine es cine. Pero tampoco tendré remilgos en revelar la trama, pues a poco que hayan visto algo de cine en la tele, la habrán tenido que ver.

El primer hecho por el que me gusta esta película es porque pilla viejos a los tres mosqueteros. Aquí no tengo más remedio que dar un tirón de orejas a la RAE. Según nuestra Academia de la Lengua, todas las acepciones (trece en total) del adjetivo "viejo" son peyorativas y echo en falta aquella por la que se califica al sujeto como experto, veterano. Y no faltan usos comprobados, como el de “soldado viejo”, muy del gusto en los Tercios, y que venía a significar, el que sabe, el maestro, el depositario de los valores y conocimientos de su oficio. Es por esto por lo que digo que el comienzo de la aventura pilla a Athos, Porthos, y Aramis algo viejos, en ambos sentidos. Por un lado, abandonada la vida militar, uno malvive amargado en un barrio modesto de París, el otro malgasta borracho sus ahorros en los peores burdeles de la capital y el otro se metió a clérigo. Solo D’Artagnan se mantiene en activo, ahora como Capitán del Cuerpo de Mosqueteros y hombre de confianza del Rey, un joven Luis XIV. Pero por el otro, cuando a pesar de viejos, logran “recordar” quiénes son en realidad, recuperan a quienes llevan realmente dentro, desempolvan sus viejos uniformes y luchan, una vez más, por la justicia y el derecho. Los aldabonazos de la vida sirven para despertarnos, para zarandearnos y hacernos recordar quiénes somos, de dónde venimos y todo aquello de lo que somos capaces. La madurez entonces se convierte en tu mejor aliado, se pone de tu parte para ayudarte a alcanzar tus metas con mayores garantías y seguridades que cuando eras joven.

La película nos alerta también de los peligros de la avaricia, la ambición y el acomodamiento. Nos recuerda que del egoísmo y la soberbia nacen los peores males para el hombre, como consigue transmitir, en una representación acertadísima, Di Caprio en el papel del joven rey. Pero de la aceptación, la humildad y el valor es capaz de nacer lo mejor del ser humano, quien puede entonces atravesar océanos de dificultades, sin desanimarse ni acobardarse ante nada, como igualmente nos hace ver, he aquí su mérito, otra vez Di Caprio, en su versión del prisionero sin nombre. 

Por último, la rebeldía y el amor. Soterrada bajo el hilo principal, perceptible solo al cinéfilo más avispado o identificable a la segunda o tercera vez de ver la película. La historia escondida de D’Artagnán y la reina Ana de Austria aparece intermitentemente a lo largo de la trama, sin revelar su auténtica importancia hasta el final, cuando se revelan todos los secretos. Un amor que desafía las reglas, las que están escritas y las que no, perdurando en el tiempo con tan solo una rosa, de cuando en cuando, sobre el reclinatorio de la capilla. Nos admira la capacidad de aguante de los amantes, día tras día, para esconder un amor que a veces traspasa los labios cerrados a través de las miradas y que a veces no puede callar lo que grita el corazón.

Y cubriéndolo todo, como una sutil pátina antropológica, el eterno debate sobre la bondad del hombre, el dilema sobre si cambiar es posible, sobre la naturaleza de la maldad o la bondad del corazón y la capacidad del ser humano para dominar sus afectos y su voluntad a través de las circunstancias, las ofensas y el tiempo. La película nos emociona porque nos sitúa de cara a la cuestión del poder y su moral, nos desnuda la importancia de la empatía del ser humano y el sufrimiento que causamos cuando actuamos sin tener en cuenta las vidas y los sentimientos de los demás.

Y no diré más porque, aunque improbable, alguno habrá que aún no la haya disfrutado. Y si ya lo hicieron, siéntense de nuevo a verla. Es mi consejo. Lo siento, pero me emociona volver a ver a los mosqueteros después de tantos años. Esos héroes de mi niñez, que envejecen conmigo, desde aquellos días de los setenta, cuando llegaron a mí, sin necesidad de dibujos animados, los que por cierto me divertían mucho también, y ayudaron a que la siguiente generación se aproximara a la novela de Dumas. 

Me electriza escuchar que todos morimos, pero que lo importante es cómo lo hacemos. Me sigue conmoviendo el uno para todos, todos para uno: el valor de sacrificarse por alguien o por algo, despreciando las consideraciones y los peligros cuando se trata de ayudar a tus compañeros. Y me emociona descubrir, al final y solo al final, quién de todos ellos, era el hombre que realmente llevaba puesta, durante toda la vida, una máscara de hierro.

Sé que amarla es una traición a Francia. Pero no amarla es una traición a mi corazón.
D'Artagnan de Béarn