sábado, 15 de octubre de 2016

UNA CICATRIZ POR VALIENTE

Al final importa una mierda si las cosas no salen como queremos. Porque vale más tener una cicatriz por valiente que piel intacta por cobarde.


Cicatriz famosa de Harrison Ford
A todo hombre le gusta presumir de sus cicatrices. Las cicatrices adornan nuestra virilidad y nos hacen sentir importantes, quizá con razón. Herramientas de la vanidad masculina, lucir una cicatriz en lugar visible nos llena de orgullo y consideramos sexy mostrarla si se encuentra en lugar oculto. Si además podemos acompañarla de alguna historia heróica, tanto mejor. Un antecedente de riesgo, como el provocado en el enfrentamiento con algún animal (toro, fiera o perro rabioso) o bien con otro congénere en buena lid, es un tesoro que ningún hombre guardará en secreto. Algún accidente también vale, sobre todo si es de moto. Las motos tienen un atractivo especial para los hombres. Y a las mujeres les parece sexy un hombre que conduce una buena moto. Tener cicatrices por accidentes de moto es algo que nunca se esconde y que cualquier hombre se siente propenso a contar, ensoñando con despertar el deseo de cualquier oyente femenina que pudiera imaginarle surcando las autovías a lomos de su moto de gran cilindrada, rugiendo a toda velocidad entre el tráfico, con la cara misteriosamente oculta bajo un casco superchulo y todo vestido de cuero. Ah, las motos grandes, qué haríamos sin ellas.

Infelizmente yo tengo pocas cicatrices en mi cuerpo. Sin embargo, puedo presumir de que la mas expuesta de todas ellas surgió tras un accidente de moto. Sí señor, aquí donde me ven. Una cicatriz de un accidente de moto adorna la palma de mi mano derecha. Y aunque, llevado por mi natural humildad y modestia, he reservado durante años los detalles solo para los amigos, ahora, con afán de notoriedad pública, me he decidido a poner en este blog cuanta información recuerdo de aquel histórico y glorioso día, en el que aquella moto y yo, sufrimos el accidente que me llevó a mí al hospital y a ella al desguace.

Todo comienza la luminosa mañana del 15 de abril de 1994, durante mi servicio militar. Servía yo en el Ejército del Aire, habiendo ganado una OPLA, las plazas específicas de carácter técnico que el ejército ofertaba anualmente para licenciados universitarios. Así que allá iba el soldado Rivero, informático de la Escuadrilla de Control Aéreo número 2, con base en Valdezorras, Sevilla. A aquellas instalaciones todo el mundo las llamaba CAMO, utilizando las siglas de su primitiva denominación, Circulación Aérea del Mando Operativo, con la que fue bautizada la unidad en los años setenta. En las anticuadas instalaciones del CAMO, los militares de aviación y el personal civil de AENA controlaban el tráfico aéreo del sur de España, con una precariedad de medios que ya presagiaban su inminente traslado a las modernas instalaciones del aeropuerto de San Pablo, verificado al poco de licenciarme en noviembre de ese año.

Salía yo de mi casa hecho un pincel, minutos antes de las 8 de la mañana, con mucha colonia y mi uniforme de paseo, que es el que usábamos a diario en oficinas. Me repetía que todo iba a ir bien. Y lo hacía porque aquella tarde a mi madre, Iluminada, la meterían en quirófano para practicarle una mastectomía urgente. El cáncer de mama que padecía la llevó de cabeza al hospital, en un tratamiento que el cirujano decretó tajantemente. Estaba en las mejores manos, me decía yo. A la tarde, después de la jornada, iría a visitarla al hospital. Todo iría bien.

Hacía fresco aquella mañana y yo andaba los mismos pasos de cada día, camino del punto de recogida junto a aquella joven SE30, donde, frente por frente al Hospital de San Lázaro, la furgoneta del Ejército del Aire, conducida por mi camarada David, hacía su última parada de recogida, antes de tomar la carretera de Valdezorras y dirigirse al CAMO, donde trabajariamos hasta las tres de la tarde.

Justo antes de la SE30 todavía no existía la actual pavimentación, parques y lindos acerados que hay hoy. Menos aún el templo que se erige justo en la esquina del semáforo. En aquel solar de obra me crucé con otro soldado que trataba de arrancar su Vespino. Aquel pobre muchacho, con el uniforme de soldado del Ejercito de Tierra, pisaba una y otra vez el pedal, desesperado porque era incapaz de hacer funcionar aquel trasto. Así que ver venir a aquel soldado de aviación, caido del cielo, fue lo mejor que le pudo pasar. O eso creía él.
- Oye, por favor, vas para el cuartel, ¿verdad? Yo también amigo, pero fíjate que me ha dejado tirado la moto y llegaré tarde. No quiero ni pensar el paquete que me voy a ganar si no me presento a mi hora. Por favor, ayúdame a arrancarla hombre.
Sacado de mi ensimismamiento por aquel camarada, casi mecanicamente asentí con la cabeza. No pensé nada más y no imaginaba ni por el forro lo que a continuación sucedió.
- Pero yo no se manejar una moto. - balbuceé, poniéndole sobre aviso de la terrible realidad, cuyo alcance aquel ingenuo no acertó a medir.
- No importa, mira es muy sencillo. Solo tienes que empujarme que yo ya la arrancaré con el impulso... no... mucho mejor, como estás mas delgado que yo, móntate tú, así no tienes ni que hacer fuerza. ¿Ves este puño? Pues solo tienes que abrirlo al máximo y ya está. Al final siempre arranca.
Con suicida embobamiento, ocupado mi cerebro en cualquier cosa menos en prestar atención a lo que estaba haciendo, ni corto ni perezoso, el soldado de aviación Rivero se sube al Vespino y aprieta obediente el puño derecho, que a saber para qué servía en aquella máquina desconocida. Con formalidad militar, mi camarada de Tierra comenzó a empujarme con todas las fuerzas de que era capaz. Aquello no arrancaba. Me veía un poco ridículo allí paseándome en moto por el descampado.
- ¿Tienes el puño al máximo? - preguntó jadeante después de un par de vueltas.
- Sí.. sí, está a tope.
Y a tope arrancó aquello. Era verdad que siempre arrancaba. De un salto, aquella moto y yo salimos disparados hacía adelante a velocidad supersónica. Y yo, que jamás me había puesto a los mandos de una moto, me encontré de repente allí, a lomos de aquel monstruo desbocado, que rugía furiosamente con su motor a máxima potencia. Desconocedor del funcionamiento de un Vespino, bloqueado a partes iguales por la ignorancia y el miedo, era incapaz de soltar el puño del gas, con lo que la moto y yo ganábamos velocidad sobre los baches, camino de la saturada SE30.

Lo primero que salió volando fue mi gorro militar. Instintivamente giré la cabeza en su busca, así acerté a ver al otro soldado que corría tras de mi. Llevaba en alto los brazos y la boca abierta. Y por la boca salían voces, pero no pude oirlas, aunque supongo que no serían versos de Lope. Pero qué importaba el gorro ni los insultos de aquel desgraciado, si unos metros ante mí los coches pasaban en tropel, en uno y otro sentido, augurando mi inminente y dolorosa muerte. Y por primera vez aquella mañana, mi cerebro se activó, cuando mi materia gris cedió el control a aquella zona que regula la supervivencia, fue cuando mi cerebro me dijo ¡¡Salta!!. Yo le respondí ¿Que salte?. No estaba seguro de si era la mejor opción pero, o me tiraba a las bravas de aquella moto que se empeñaba en llevarme a la SE30 o era soldado muerto. 

Así que allá fuí, suicídate tú solita, moto del infierno. Me arrojé como pude hacia la derecha en una muestra de valor y me hice como pude un ovillo. El instinto me hizo poner las manos por delante para protegerme del primer impacto, pobres manos... Y lo que siguió a continuación del lanzamiento fue un festival de golpes, caretazos, estrellamientos y rebotes de mi cuerpo contra aquel suelo de albero, cascotes e inmundicias. En mi vuelo rasante, pude ver la maldita moto dando vueltas sobre todos sus ejes, mientras se estrellaba una y otra vez contra el suelo, soltando al aire piezas variadas. En la siguiente vuelta, ví al pobre dueño de la moto, que había bajado los brazos y ahora los tenía sobre la cabeza, en un gesto que venía a significar algo así como "ay madre".

Por fin, paré mi aterrizaje forzoso, y me quedé mirando al cielo, envuelto en una nube de polvo, dispuesto a hacer balance de huesos rotos, órganos reventados y articulaciones dislocadas. Poco a poco me fui moviendo hasta quedar sentado en el suelo. Comprobé el gran milagro, que no tenía nada roto, porque paracía poder moverme con normalidad, dolores aparte. Mi uniforme, antes azul ahora amarillo, me había protegido de raspaduras en el cuerpo. Tenía gran quebranto en la cadera, que notaba hinchada y caliente, pero sobre todo era la mano derecha la que sangraba en abundancia y se estaba hinchando por momentos. El pulgar derecho no podía moverlo, aquella parte de mi se había llevado lo peor.

Y así, sentado en el suelo, asistí, ya de espectador, al segundo acto de aquella tragicomedia. No se había disipado la nube de polvo cuando justo paraban allí mismo dos vehículos. Uno era la furgoneta del Ejercito del Aire, que venía a recogerme y de la que bajaron en tropel oficiales, suboficiales y tropa en dirección a mi. Mis compañeros me ayudaron a levantarme y me hicieron las preguntas de rigor. Mientras, los oficiales se dedicaban a arrestar al otro soldado a voz en grito, pensaban que aquello había sido algún tipo de riña. Aquel pobre diablo ya no podía estar más pálido: para no llegar tarde a su cuartel, se ha quedado sin moto y arrestado por maltratar a un compañero de aviación. Creo que se lo hizo encima. El otro coche que llegaba era el de mi padre, que casualmente pasaba por allí camino de su trabajo, donde debía dejar las llaves para luego ir al hospital con mi madre. Llegó hasta mi corriendo y se sumó al enredo de gritos, preguntas, arrestos, nervios y polvo.

En mi estado, como yo no acertaba a responder a tantas preguntas, me subieron enseguida a la furgoneta para trasladarme a la enfermería del Acuartelamiento Aéreo de Tablada, para examen y aplicación de los cuidados pertinentes. Allí, un enfermero militar, se limitó a echar suero en la palma de mi mano y a vendarla. Mi mano era una masa muscular inflamada, toda en carne viva, sucia a mas no poder y la piel arrancada estaba arrugada y ennegrecida por todas partes. Pero así quedé, con mi mano vendada y el brazo en cabestrillo. Diagnóstico: luxación del dedo y fuerte traumatismo con quemadura grave por rozamiento. Rechacé la baja que pretendió darme el capitán médico de guardia, que me felicitó por mi valentía y abnegación. Nada mas lejos de la realidad, yo solo pretendía volver a mi unidad, donde sabía que mi comandante me dejaría marchar a casa, mientras que la baja implicaba quedarte a vivir en Tablada.

Aquella tarde visité a mi madre, ya operada. La pobre tuvo la preocupación añadida de verme con el brazo en cabestrillo. Y fue allí, en el mismo Hospital Macarena, donde me practicaron una cura real. Me di cuenta de que era real por el cepillado que me hizo el animal de enfermero que me raspó toda la palma de la mano, bajo un chorro de agua, y mientras otra enfermera me abanicaba para que no me desmayase del dolor. Las curas fueron largas y dolorosas, aquella quemadura por rozamiento me tuvo visitando enfermerías un mes.

Y así fue como, por valiente o no, acabé con esta cicatriz de moto en la mano. Nunca supe qué fue del otro soldado, ni lo volví a ver. Cuando pude contar la historia completa, nunca vi a la gente reirse tanto. Fui objeto de bromas hasta que acabé el servicio militar. Pero yo estaba contento. porque había salido casi ileso de aquel trance. No se lo cuenten a nadie, es importante que crean que me la hice en un acto de valor, por salvar a un prójimo, por ejemplo. Y reconozco que aquello no era una Yamaha, sino un ciclomotor, pero bueno, pelillos a la mar, se considera moto ¿no?.


Al final importa una mierda si las cosas no salen como queremos. Porque vale más tener una cicatriz por valiente que piel intacta por cobarde.
Bruce Lee (1940-1973)

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