domingo, 17 de febrero de 2013

EXTRAÑOS EN LA BALSA




Los hombres no viven juntos porque sí, sino para acometer juntos grandes empresas


Recientemente hemos asistido al acuerdo sobre el presupuesto de la Unión para los próximos 7 años. La noticia ha pasado de puntillas por actualidad informativa y, a pesar de la importancia real del tema, al común de los españoles nos ha dejado indiferentes. Y es que, en estos tiempos de crisis, el miedo y la desesperación han llevado a muchos a dudar de las bondades de la Unión Europea, especialmente en los países con más problemas. Se duda sobre si la unidad supone ventajas para todos o por el contrario tan solo sirve para el aprovechamiento de los más fuertes a costa de los más débiles. Se sospecha que la temida Europa de las dos velocidades haya podido convertirse en la Europa de las 25 velocidades. En los países más poderosos el proyecto se critica porque aumentan sus contribuciones y en los más pequeños se acusa al invento de impedirles maniobrar para la resolución de sus problemas.
Mientras por mi parte me tomaba  la molestia de echar una ojeada a las cifras económicas de nuestro país desde su incorporación a Europa me topé con un dato que tocó mi fibra sensible. En 1986 se produce la entrada de Portugal y España en las por entonces comunidades europeas. Pues bien, para no aburrirles les diré que las relaciones económicas entre ambos países se han multiplicado aproximadamente por ocho. Nada menos que por ocho.

Desde el espacio se diria que no hay frontera

Y esto me llevó a hacerme la pregunta clave. ¿Acaso no es para avergonzarnos? Cientos de años juntos y tenemos que esperar a integrarnos en Europa para que nos demos la mano como dos chiquillos que han reñido por una pelota. Hemos necesitado pasar a formar parte de Europa para estrechar los lazos que en realidad nos unen. Siglos juntos en esta balsa de piedra, que no es isla por muy poco y hemos tenido que esperar a que vengan de Bruselas a retirar nuestra frontera interior y a dejarnos frente a frente, obligados a mirarnos a los ojos. Como dos personas juntas durante días en la misma habitación, que no se relacionan hasta que alguien externo entra y les presenta, así hemos convivido España y Portugal.
La Unidad, la Unión. Esa palabra tan ambigua, a veces tan valorada y otras tan despreciada. De un modo u otro el ser humano es un animal social que vive en grupos pero en la península ibérica todos hemos tenido cierta alergia a la unidad y conviene por ello hacer un poco de memoria en cuanto a nuestras relaciones mutuas en esta piel de toro que, recordemos, solo es tal si la extendemos de Creus a San Vicente.

Felipe IV, el Rey Planeta

Surgido del Reino de León en 1143 y ampliado por su propia reconquista, Portugal mantuvo su independencia hasta 1580, año en que las políticas dinásticas de las casas reinantes conllevaron de nuevo la unión de reinos bajo Felipe II. La unidad ibérica se mantuvo hasta 1640, momento en el que la estrategia de primacía mundial llevada al extremo por el cuarto Felipe agotó los recursos y la paciencia de muchos, entre ellos los portugueses. La Monarquía Hispánica, exhausta de tanto luchar con toda Europa por defender su imperio global aceptó la separación de Portugal y sus posesiones en el tratado de Lisboa de 1688. Cuentan que Felipe IV nunca superó la tristeza que le supuso la pérdida de Portugal.
Desde entonces ambos reinos vivieron de espaldas y parece que ni la guerra se tomaron en serio pues la única que tuvo lugar desde entonces fue la ridícula Guerra de las Naranjas de 1801 en la que una postrada España aceptó atacar desprevenidamente a Portugal por encargo de Napoleón, para que dejara de acoger a la Royal Navy en sus puertos. El artificial conflicto duró solo 18 días hasta la firma del correspondiente tratado y no sirvió a la postre nada más que para abrir heridas y aumentar distancias. Ni siquiera la alianza posterior en la Guerra Peninsular ni la victoria conjunta contra el imperio francés sirvió para el estrechamiento de relaciones.
El turbulento siglo XIX español no ayudó a mirar hacia poniente y hubo muchos más intercambios de todo tipo por los 600 km de frontera con Francia que por los 1.200 km de linde con Portugal. Durante generaciones ambos países convivieron sin hablarse demasiado porque olvidaron entre otras cosas que el castellano tiene más semejanzas idiomáticas con el portugués que con el catalán.
Durante dicho siglo surge en ambos países sin embargo el movimiento iberista que, hasta nuestros días, nunca ha decaído del todo. Dicha corriente de pensamiento promueve la mejora de relaciones a todos los niveles entre Portugal y España, teniendo como objetivo último la unidad política de estos en un nuevo país. Durante todo el siglo XIX y a uno y otro lado de la frontera, eruditos, pensadores y políticos reflexionaron sobre el tema y dieron vida a asociaciones, gacetas y grupos que buscaron influenciar la conciencia pública acerca de esta idea. Estos movimientos aventuraban desde luego nombres para la unión resultante tales como Federación Ibérica, Estados Compuestos de Iberia, Estados Unidos de Iberia o sencillamente Iberia, demostrándonos de nuevo nuestros antepasados que el federalismo es una vía para la creación de estados y no un camino para su disolución.

José Saramago, premio Nobel
y celebre iberista

Como europeísta, estoy convencido de que todo lo que de bueno pueda esperarnos a los europeos en el futuro debe pasar por integración paulatina en la entidad continental superior. Pero creo que España y Portugal no tendrían que esperar a la lentitud del proceso integrador europeo para acelerar su vinculación mutua. En mi opinión la crisis no ha hecho más que volver a reflejar nuestra unidad de destinos en el ámbito económico.  Desempleo, primas de riesgo, desequilibrios fiscales y desigualdades sociales son lacras compartidas por estos hermanos mellizos que hasta en los males se parecen. Y qué duda cabe de que, en los malos momentos, es cuando más se necesitan mutuamente los hermanos. Esta crisis que será recordada como la Gran Crisis debería reactivar la conciencia de unidad y hermanamiento.
Una vez más, propongo que no esperemos tampoco a los incapaces o simplemente lentos políticos. En los hombres y mujeres de empresa reside la responsabilidad de colocarse al frente y aumentar los vínculos entre ambas naciones hermanas  por una unidad ibérica real y sólida que no dependa ya de monarquías o tratados sino por la voluntad de los pueblos tomados en su conjunto. Y bienvenida sea Europa si nos sirve para unirnos en la península. Hagámonos dignos de Pessoa, Maeztu, Torga, Balaguer, Saramago y Menéndez Pelayo que antes que nosotros visionaron una unión ibérica fraterna y libre de prejuicios.
Para terminar y por si aún les parece que esto de la unión peninsular es cosa de filósofos y teóricos les he preparado unos sencillos gráficos sobre los datos obtenidos en España y Portugal gracias a un estudio que realizaron el año pasado la Universidad de Salamanca y el Centro de Investigación y Estudios de Sociología de Lisboa. En los mismos verán que el porcentaje de crecimiento de ciudadanos favorables a la unión va creciendo de año en año, especialmente en España, donde se partía de cifras inferiores a las de Portugal.

PORCENTAJE DE CIUDADANOS FAVORABLES A LA UNION IBERICA

Pero si esto ya es excitante, párense a mirar el gráfico del signo de opinión en el que una media del 43% de los ciudadanos de ambos países apoya abiertamente la unión ibérica. Esto no solo significa que es la posición mayoritaria, sino que, extrapolando dicha media al colectivo de indecisos, nos daría el electrizante resultado de ciudadanos a favor de la unión de al menos el 54%.

PORCENTAJE DE OPINION POR SIGNO
Tomen nota.

Que tengan buena semana.


Los hombres no viven juntos porque sí, sino para acometer juntos grandes empresas
José Ortega y Gasset (1883-1955), filósofo y ensayista.



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