lunes, 12 de noviembre de 2012

LOS MITOS DEL NACIONALISMO II. LA FARSA LEGALISTA.


Para manipular eficazmente a la gente, es necesario hacer creer a todos que nadie les manipula


EL MITO DE LA AUTODETERMINACIÓN

Como parte del arsenal histriónico que nos dispara el nacionalismo conceptual está el manoseado Derecho de Autodeterminación. Este concepto, más político y filosófico que jurídico, es tergiversado ante los micrófonos por los prácticos del nacionalismo atribuyéndole la significación de aquel derecho que les asiste para desgajar una parte de un estado soberano sin contar con la voluntad de dicho pueblo soberano en su conjunto, bajo la afirmación, real o imaginaria, de considerar poseer una cultura o nacionalidad suficientemente diferenciada. En resumidas cuentas el nacionalista reclama su derecho a la segregación del Estado preexistente.

Sin embargo, la realidad es bien distinta. El Derecho de Autodeterminación o Libre Determinación de los Pueblos, vinculado evolutiva y conceptualmente con la noción política de independencia, es un concepto filosófico que se ha ido conformando a lo largo del tiempo a partir de ideas y experiencias que tienen su origen en el proceso de descolonización. El primer antecedente podría remontarse al proceso de independencia de las colonias americanas de sus metrópolis europeas en el siglo XIX, aunque es en el siglo XX donde por vez primera es recogido por escrito en la Carta de las Naciones Unidas, que sirve de documento fundacional para dicho organismo internacional.  Dicho principio inspirador de la autodeterminación de los pueblos ha guiado la actuación de las Naciones Unidas como órgano de tutela de los procesos descolonizadores y conflictos bélicos en la segunda mitad del siglo XX. Todo ello con el objeto de prevenir los abusos o intervenciones externas entre países con un estatus reconocido por la ONU. Igualmente la ONU ha emitido comunicados y resoluciones sobre protección de minorías étnicas o indígenas que podrían estar en peligro si no se declararan como dignas de consideración dentro de algún Estado. Animo al lector interesado a consultar la abundante literatura sobre esta temática disponible en el mercado.

A partir de aquí que cada cual saque sus conclusiones. Pero en mi opinión, la más clara de ellas es que el Derecho a la Autodeterminación de los Pueblos no es un derecho aplicable a los nacionalismos existentes en España. Por mucho que parezcan saber de lo que hablan los políticos y asimilados, por mucho que se les llene la boca al nombrarlo, por mucho que deseen arrimarlo como pilar que les sustente su inestable edificio ideológico y por mucho que lo declaren los ayuntamientos plenarios, el Derecho a la Autodeterminación de los Pueblos no les asiste es sus pretensiones de independizar una fracción de un Estado preexistente que tiene voluntariamente depositada la soberanía en el conjunto de un pueblo. No hijo, no.

Una variante de alto voltaje demagógico que ha nacido como excrescencia es el manoseado Derecho a Decidir. Esto es nuevo eh. Se está empezando a utilizar este término eufemísticamente por Derecho de Autodeterminación, porque el fuelle se acaba y necesitan cambiar. Ante este nuevo derecho que me hace sonreír, yo siempre me hago la misma pregunta ¿derecho a decidir qué? Puede decidirse de todo, desde no pagar impuestos hasta conducir bebido. Derecho a Decidir. No merece la pena escribir más.


EL MITO DE LA PARTE OPUESTA AL TODO

No hay que subestimar la inteligencia del sujeto nacionalista, que mide con cuidado sus palabras, consciente de que un desliz en el uso del lenguaje puede descubrir ciertas vergüenzas o enfrentarles a incómodas preguntas. Tienen que cumplir estrictamente todo lo dispuesto en el manual del nacionalista fanático. Y sonriendo. Ocurre no obstante que si uno escucha bien acaba detectando la inevitable incoherencia. Por ejemplo, la persistente costumbre de oponer la parte al todo, es decir, la contraposición de España a Cataluña o Euskadi. Esto, que puede parecer accesorio, tiene su importancia. En la sutileza del lenguaje está la diferencia. Una parte, si desea separarse lo hace de las otras partes de un todo, con lo que tal todo deja de existir para pasar a ser un todo diferente. Para que se me entienda mejor, sería correcto decir, Los nacionalistas catalanes deseamos una Cataluña independiente del resto de España, o bien, Los nacionalistas catalanes deseamos una Cataluña desvinculada del resto de comunidades autónomas, o mas clara y valientemente, Deseamos dejar de ser parte de España o un sencillo y simplificador Adeu Castilla!!.

No obstante el nacionalista utiliza términos como, Cataluña tiene un conflicto con España, o bien, Cataluña debería alcanzar acuerdos con España, o  directamente, Cataluña no es España.

En realidad sí es España. Forma parte de ella desde hace siglos y una parte muy importante por cierto. Jurídica, política, geográfica, histórica y culturalmente. Como previamente fue parte importante (vital) del Reino de Aragón como veremos en un próximo artículo. Si no estuviera Cataluña, España ya no sería España. Sería otra cosa a la que quizá habría que buscar nombre. Pero el nacionalista soslaya esta realidad por incómoda y apartada de sus objetivos. No lo olvidemos. Y así cae en el absurdo de oponerse a sí mismo, oponiéndose a aquello de lo que forman parte. Sutil empleo del lenguaje para dar por entendido lo que no es.

Otra cuestión menor en el uso del lenguaje pero que no deberíamos pasar por alto es la asignación de los términos Nación y Estado. El nacionalista se cuida mucho de aplicar Nación solo a su comunidad y reserva Estado para la Administración Central. El parlamento catalán decidió que Cataluña era una nación y me parece muy bien. Aunque no puedo evitar enarcar una ceja sobre una nación que necesita de una declaración política para autodefinirse. Pero el nacionalismo es así. Aunque no olvidemos que también España es una nación con identidad propia, nación de naciones si nos ponemos de acuerdo, pero también nación por sí misma. No son realidades alternativas ni incompatibles como quieren hacernos creer. De ningún modo.
  
EL MITO DEL FEDERALISMO

Los nacionalistas proponen la estructuración de España como estado federal de modo inmediato.  Esta migración de un Estado estructurado en Autonomías a otro compuesto por Estados Federales, es algo que no explican en absoluto. Sí que dejan entrever que lo proponen como fase intermedia a la independencia total. Evidentemente porque pensarían introducir en la nueva Constitución que habría de redactarse, el Derecho de Secesión como elemento irrenunciable para los estados individuales (no confundir este derecho con el de autodeterminación comentado en el primer apartado).

A estas alturas al lector ya le estarán pitando los oídos ante tanto disparate y complicación de objetivo y resultado tan ficticios como inciertos. Pero como la imaginación es libre y los micrófonos no hacen preguntas, el nacionalista ha sido siempre libre de vomitar necedades como esta para la agitación y la polémica, que es en sí misma un gran beneficio para él.

En realidad la diferencia entre estado federal y estado descentralizado como tenemos en España está muy cerca de ser solo una diferencia de léxico. Pocos países hay en el mundo con una Administración tan descentralizada como la nuestra. Hay mucha literatura al respecto que está al alcance del lector. No obstante, yo prefiero guiarme por las realidades antes que por las nomenclaturas y bautizos que se utilicen para nombrar dichas realidades.

Lo esencial en un Estado es si dicho estado existe y si sus miembros están convencidos de querer pertenecer a él y respetarlo como tal. A partir de aquí existen diferentes formas de gobierno y niveles de descentralización que cada pueblo puede otorgarse a sí mismo, llámese federación o sistema autonómico. Se trata de establecer las reglas de relación entres las partes y respetarlas en el futuro sin que constantemente existan disidencias.

La federación de estados no fue inventada para la fragmentación de los países. Ni como fases intermedias para su desaparición. El federalismo surgió en el siglo XIX como método de nacimiento de naciones o estados, en virtud del cual, determinados pueblos en principio independientes pero con intereses comunes, unían sus destinos en un nuevo proyecto común. Así surgieron ejemplos que deberíamos observar con detenimiento, sin ir más lejos, los Estados Unidos de América y Alemania. Otros países se han autorregulado como estados federales en virtud de sus particulares características geográficas o históricas, casi todos ellos nacidos de los procesos descolonizadores del siglo XIX y con una gran superficie que administrar: Argentina, Brasil, México, Australia. No obstante, investigue el lector el grado de cohesión de estos estados federales. Ciertamente en Estados Unidos todo el mundo ama a su país, incluso de modo exagerado según el gusto y manera de pensar europeos. En todos sitios cuecen habas, pero preguntemos a un alemán, un australiano o un mexicano por la opinión sobre su país. ¿Alguno de ustedes conoce la bandera o himno del estado de Ohio? Esas cosas no preocupan a los americanos. En realidad, para ellos su estado federal no consiste más que en una fracción administrativa de su gran país, su gran nación. De hecho los estados que han nacido federales tendrían mucho que enseñar a países como el nuestro, tan enredado en revisarse a sí mismo constantemente.

¿Habría unas grandes diferencias entre la España autonómica y la España federal? Creo que no. ¿Resolvería el federalismo las tensiones nacionalistas? Para mí que no. ¿Haría a los españoles más conscientes de su proyecto, su historia y su destino comunes? Ciertamente tampoco.

La cuestión no es federalismo sí, federalismo no. La cuestión es España si, España no. Así de simple. Esperemos que siempre sumemos antes que restar y no lamentarnos como Indro Montanelli cerró su inolvidable Historia de Roma: Tal vez una de las desdichas de Italia sea esta precisamente: tener por capital una ciudad desproporcionada, por su nombre y su pasado, con la modestia de un pueblo que, cuando grita: “Aúpa Roma”, alude tan sólo a un equipo de fútbol.

 

Para manipular eficazmente a la gente, es necesario hacer creer a todos que nadie les manipula. (John Kenneth Galbraith, economista estadounidense)


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