22 julio 2016

MUERTE POR ESPECIALIZACION


No es la primera vez que escribo en mi últimamente descuidado blog contra la super-especializacion y sus peligros. Varios artículos claman a favor de la polimatía del ser humano y abjuran de la alienación que supone para un profesional dedicarse a fragmentos minúsculos del trabajo que constituye el negocio de la empresa. Y sin embargo, es un riesgo que lleva siendo denunciado desde hace un siglo, desde el comienzo mismo de la época industrial moderna, cuando Chaplin rodó la magistral Modern Times.

Sin embargo, las empresas, cuanto más grandes peor. Con la excusa del crecimiento y el tamaño, las empresas compartimentan su estructura, encasillando a cada empleado en una mínima porción de sus procesos productivos. Queda así el empleado completamente desconectado de los objetivos primarios del proyecto, absolutamente ajeno al interés general de la organización.

Y traigo a colación de nuevo este tema, por una vivencia propia muy reciente, que les servirá a algunos de material ilustrativo sobre el tema del que escribo. Y si no, otros al menos pasarán un buen rato leyendo una anécdota divertida.

Un servidor, lleva años siendo cliente de Vodafone. Desde 2002, año en el que me asignaron una línea móvil en la empresa de la que fui directivo, pasando por quedarme con la línea en 2012 cuando me despidieron, hasta la contratación de nuevas líneas de empresa a partir de 2013 para el apoyo de mis proyectos propios.

Pues he aquí, que, con ocasión de la constitución de una nueva sociedad en la que también soy administrador, se me ocurre ampliar con una línea más mi negocio global con Vodafone. Como ya me conocía el procedimiento y, además de estar chapado a la antigua, deseaba adquirir un nuevo terminal, me dirigí a la tienda Vodafone de Sevilla para ser atendido por una persona humana, cara a cara, como Dios manda.

Realmente bien atendido por un empleado que conocía su oficio, allí me dieron el alta de la nueva línea y dejaron encargado el termina deseado, que en tal momento no estaba en stock. Entregué las escrituras que me habilitaban como administrador de la empresa y me volví tan campante al despacho a la espera de ser llamado para la recogida del terminal y activación final de la linea.

Y aquí comenzó el infierno.

Al día siguiente recibo llamada del comercial que me atendió por la que se me comunica que debo depositar una fianza de 300 €. Menuda sorpresa. ¿Y eso por qué? Fue mi pregunta. Es una fianza para riesgo de impago. No se preocupe, la pedimos a todos los nuevos clientes. Me dijo el amable comercial. Como ustedes comprenderán me negué en redondo a aportar una fianza sobre una nueva línea que pretendía contratar. Dado que era un nuevo CIF, ellos me aplicaban condiciones de cliente nuevo. Expliqué que, en realidad, yo no era nuevo, sino el mismo de siempre, el que nunca les había fallado en un pago. Y que mi único pecado había sido constituir una nueva sociedad e imaginar que debería seguir confiando en Vodafone. Pero al parecer tal confianza no era mutua y el comercial se mantuvo en sus trece. Con lo cual le comuniqué que si en 48 horas no me anulaban tal exigencia de fianza, solicitaría la línea en otra compañía, a la que me portaría, evidentemente, mi línea antigua tambien.

Pasadas las 48 horas nadie había contactado conmigo. Y si lo anterior les pareció inaceptable, esperen a leer lo que ocurrió cuando se me ocurrió contactar con atención al cliente.

Paciente como siempre y transcurridas ya las 48 horas llamé al 122, teléfono de atención a empresas. Después del calvario de la locución automática, en la que no sabía qué opción marcar, acabé hablando con un “asesor de empresas”. Allí le conté el caso. El asesor escuchó con atención, pero escurrió el bulto: él no podía hacer nada, aquello excedía de sus competencias. Así que como escuchó la palabra “baja” cuando le dije que se corría el riesgo de perder el cliente, me transfirió al Departamento de Bajas. Allí me atendió una señora que rezumaba depresión y desgana a través del auricular. Vuelta a explicar toda la odisea, con las mismas palabras y dosis extra de paciencia. Esta señora me dijo que ella no podría anular la fianza ni aun queriendo, que su función era simplemente tramitar bajas de clientes. ¿Y con quién podría hablar para avisar de que me daré de baja si no anulan la fianza de la nueva línea? Clamé. Como toda respuesta me recomendó volver a llamar y hablar con el Departamento de Cobros, ella no podría transferirme desde allí.

Tres cuartos de hora al teléfono. Vuelta a marcar al 122, de nuevo las locuciones. “Departamento de Cobros”, dije lo más clarito posible. “Lo siento, no he podido entenderle” me contestó el ordenador con una agradable voz femenina. Yo estaba a punto de estrellar el móvil. Por fin, hablo con algo parecido a cobros. De nuevo le explico al chico toda mi historia, preguntándome si todo aquello tenía algún sentido. Y, cómo no, el chico también se confiesa incapaz de resolver el problema. “Nosotros solo recobramos facturas en casos de impago, no establecemos fianzas a clientes nuevos”. NO soy nuevo oiga, es que he constituido una empresa…. “ya, ya, pero no puedo ayudarle, hable con el Departamento Comercial”. Comercial… A marcar de nuevo al 122. Le dí al 1, lo primero que se me ocurrió. Allí, inevitablemente cansado, pedí a la señorita que al menos elevara un mail a sus superiores con mi solicitud.
Pasó una semana y nadie de Vodafone me llamó para interesarse por mi problema. Así que en un pis pas, llamé a Jazztel, dí con una chica espabilada, que en 15 minutos me había tramitado la portabilidad de mi línea, el alta de la nueva y que me hizo llegar al día siguiente dos SIM y el terminal deseado a mi oficina.

Y entonces, aquella tarde, mi teléfono sonó.

Vodafone.“ Ay, es que hemos recibido una solicitud de portabilidad de su línea hacia Jazztel y, claro, deseamos saber qué motivos le llevan a usted a dejarnos. Y si podríamos hacer algo para que se quede usted con nosotros”.

Tarde. Les dije. Otra vez conté una historia que nadie en Vodafone parecía conocer. Aquella fianza parecía que la había establecido algún empleado fantasma. “Ah, pero nosotros no sabíamos que había riesgo de que se llevara su línea actual, tan antigua y tan….”. Ya. Nadie en Vodafone sabia nada. Rechacé la oferta para permanecer lo mas amablemente que pude. Soy hombre de palabra. Ya estaba en Jazztel.

Aquel día me llamaron de la tienda Vodafone de Sevilla. Aquel eficiente empleado que me atendió por primera vez. Haciéndose el longui. “Ya tiene usted anulada su fianza y activa su línea”. Dijo el chaval. No te preocupes majo, ya no hace falta, me he ido a Jazztel. Os dije 48 horas y os dí una semana.

Seguí recibiendo llamadas de Vodafone durante todo el día. De distintos empleados y departamentos. Aquello era verdadero interés, pero tarde, muy tarde.

¿Esta forma de trabajar puede llegar a ser eficiente?
En cuestión de un par de días Vodafone perdió un cliente que llevaba más de diez años de fidelidad y gran contento. ¿Y por qué? Porque la organización no escuchó al cliente. Porque los especialistas de cada sección no comprendieron el problema principal, que un cliente actual podría perderse. Nadie conocía su propia empresa lo suficiente para saber qué tecla tocar, qué teléfono marcar. Nadie quiso asumir el problema y ocuparse de su solución. Nadie vio que las medidas tomadas en una parte de la empresa, tienen efectos adversos en otra. Nadie comprendió que no puedes maltratar a los nuevos clientes. Y menos a los antiguos. Y no les puedes ofender.

¿El crecimiento de las empresas hace necesaria la super-especialización? ¿Es inevitable que la cúspide pierda de vista la base? ¿Por fuerza, esto debe ser así?

Como la respuesta parece ser sí, entonces, amigos, señores emprendedores, limiten ese crecimiento. Renuncien a ser gigantes. Confórmense con ser simplemente grandes. O medianos. O pequeños.

Mas claro agua. 

Serán má seficientes. Y más felices

01 mayo 2016

CREATIVIDAD PARA TODOS



 
En el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y las puntiagudas torres del monasterio, en donde ya instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros á soportar la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y su natural propensión á la vagancia se lo permitan.



Gordium, Frigia, 333 a.C. Última hora. Los macedonios han entrado en la ciudad. Su líder está siendo agasajado por las autoridades locales, agradecidas por haber respetado su ciudad y sus cuellos. Quizá después de todo, estos europeos sean mejores gobernantes que los sátrapas persas, que lo hacían con el látigo y el miedo. La comitiva llega al templo de Sabazius, donde aún se halla el carro del rey Gordias, que su hijo Midas ató con un nudo de cornejo. Aunque hace mucho tiempo que murió Midas, nadie desde entonces ha sido capaz de desatar este nudo legendario, cuyos cabos no parecen tener ni principio ni fin. El rey de los macedonios está intentando deshacerlo, sin éxito, como todos los que lo intentan. Pero, un momento… porque, calmadamente, saca su espada y… señores, acaba de cortar el nudo. Noticia de alcance: Alejandro III de Macedonia, hijo Filipo, acaba de cortar por las buenas el legendario nudo gordiano. Y tan campante, continúa su visita, rodeado de sus generales (que se van riendo), mientras los sacerdotes del templo siguen con las bocas abiertas, incrédulos ante lo que ha ocurrido. Sin duda, este Alejandro está cambiando el mundo, nunca nada será igual después de él.

(Tenemos que aclarar que en la versión de Aristóbulo de la misma leyenda, sencillamente Alejandro Magno encuentra la forma de desatar el nudo gordiano de forma pacífica. Pero a mí, perdónenme, me gusta más la solución creativa de Alejandro de cortarlo por las bravas.) 

......................................................................................................

La creatividad. Seguramente todos hemos leído en los artículos difundidos por las redes sociales sobre la importancia de ser creativo y cómo, para lograrlo, hay que lograr liberar la mente. Y muchos de nosotros, repanchingados en nuestra zona de confort, no prestamos demasiada atención a esto de la creatividad. Nos parece cosa de artistas, de músicos, casi de genios. Un don para elegidos, entre los que no tenemos el honor de contarnos.

Me he propuesto escribir este artículo por si es de utilidad a quienes se interesen por estimular o descubrir su creatividad. Porque hubo un tiempo en que olvidé que yo era creativo. Los guiones de la vida y las convenciones sociales me moldearon de forma que mi creatividad quedó, primero apartada, después arrinconada y por último olvidada. Hasta que un día, con ayuda de mi coach, descubrí o, mejor dicho, recordé todo lo creativo que yo era. Y descubrir aquello fue como reencontrarme con mi niño interior, con quien yo era verdaderamente, sin los añadidos ni postizos que la vida me fue colgando. 

Así que dejaré aquí unas cuantas ideas propias acerca de la creatividad.

Pero ¿qué es la creatividad? El diccionario de la RAE resulta bastante parco cuando la define como facultad de crear, capacidad de creación. Tradicionalmente, los artistas la llamaban genio o inspiración. En la Antigüedad se atribuía a la intervención divina, la capacidad de crear. Así en la Grecia antigua, los poetas o músicos (que eran básicamente lo mismo) no lograban dar pie con bola sin la ayuda de las Musas, divinidades hijas de Zeus, que concedían la gracia de la composición artística. Pero la creatividad es, entendida de forma amplia, la capacidad de innovar nuevos productos, procesos, ideas o soluciones a partir de los recursos presentes. También es la capacidad de ordenar o transformar los objetos o ideas a nuestra disposición, configurando conjuntos nuevos a partir de otros diferentes o a partir del caos. Mozart no inventó las notas ni los instrumentos musicales, pero logró disponerlos en orden y frecuencia tal, que pudo crear su misa de Requiem, a mi parecer, la obra maestra de la música universal.

 La creación puede moldear a los materiales oscuros e informes, pero no puede crearlos. Debe reconocerse que la invención no se funda en crear de la nada, sino del caos.
Mary Shelley 1797-1851

¿Para qué es importante ser creativo o imaginativo? La respuesta a esta pregunta depende de ti. Hay personas más o menos creativas e imaginativas por nacimiento. Igual que hay personas más o menos inquietas, curiosas o inconformistas por naturaleza. Las personas creativas son más positivas (y viceversa) y buscan soluciones a los problemas de la vida. Suelen ser personas que tienen una base emocional muy desarrollada y bien gestionada. Está demostrado que encontramos más atractivos sexualmente a hombres o mujeres que nos resultan creativos o imaginativos. La felicidad y la creatividad pueden estar relacionadas pero no siempre. Hay personas que son felices con su creatividad y personas que son totalmente felices en ausencia de ella. Pero esto es aplicable a muchas otras variables, como la riqueza, el amor o las relaciones sociales: la felicidad, como medida de la satisfacción de necesidades es algo tan variable como difícil de medir. Por mi parte, he conocido a personas que aborrecían todo tipo de responsabilidad o notoriedad, sintiéndose más felices cuanto más dirigidos o supervisados estaban. Y me he cruzado, en la vida y en los libros, con personas permanentemente insatisfechas con sus numerosos logros. Queda a tu decisión, cómo serás más feliz, pleno y realizado. Benjamin Franklin dividió a la humanidad en tres clases: los que no se mueven, los que se mueven y los que mueven. Puedes ser feliz en cualquiera de los tres grupos. Tú decides.

Cayo Julio Cesar
Como cuestor le tocó en suerte la Hispania Ulterior. Allí, en su recorrido por las diversas audiencias de esta provincia para administrar en ellas justicia por encargo del pretor, llegó a Gades, donde vio junto al templo de Hércules la estatua de Alejandro Magno, entonces se puso a llorar y, como hastiado de su inacción, porque, según él, no había realizado aun nada memorable a la edad en que ya Alejandro había sometido el orbe terrestre, solicitó de inmediato el relevo, para aprovechar cuanto antes en la Ciudad las ocasiones de emprender asuntos de mayor envergadura.

Cayo Suetonio Tranquilo, Vidas de Cesares, Libro I, 7

¿Es posible estimular y educar nuestra creatividad? Desde luego que sí. Sea cual sea nuestra capacidad o propensión innatas a la creatividad, hay formas de potenciarla. Por supuesto, en primer lugar, lea. Libros, se entiende. Sea curioso. Sin una ambición por el estudio y por el saber, difícilmente crearemos nuevas obras, porque careceremos de esos recursos que la creatividad transforma o reordena. Podemos ser genios innatos como Alejandro, pero también podemos ser tan creativos como Napoléon, que basó toda su creatividad en el estudio de los antiguos líderes como César o el mismo Alejandro.

Y sobre todo mande al recreo a su mente. Esto parece más fácil decirlo que hacerlo. Es lo que solemos llamar “desconectar”, algo que todos dicen pero que casi nadie hace. Para crear, para permitir que surjan las ideas hay que estar soberanamente aburrido. Sí, como lo oyen, hay que holgazanear como un perro. Y no sirven los horarios actuales: la semana laboral occidental de 40 horas es, sencillamente, enemiga de la creatividad. “Ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir y ocho horas para vivir” dicen los expertos. El primer fallo es que esta máxima no considera el trabajo como vida. Si el sueño tampoco lo es, entonces resulta que vivimos un tercio del tiempo que creemos vivir. Sin embargo, esto tampoco es vida si descontamos los deberes con la Administración, atender a los hijos, ir de compras, limpiar y el resto de tareas de la casa, etc. Después de un fin de semana de compras y limpieza muchos no tienen sensación de haber “desconectado” precisamente.  Entonces ¿cuánto vivimos realmente? Para generar ideas o bien convierte usted su pasión en su trabajo o bien, si no tiene más remedio que trabajar para otro, reduce ese tiempo lo más posible. Ordene su tiempo de modo que tenga suficientes horas para no hacer nada (ver la tele no sirve). Esto supone un esfuerzo consciente de gestión del tiempo y si no se lo toma en serio, este tiempo de abulia nunca estará disponible. Si planifica irse de vacaciones y llena su agenda de actividades, volverá tan cansado como se fue. De paseos junto al mar, practique deportes que le permitan pensar al mismo tiempo o visite museos. Y quédese solo. La soledad es importante de vez en cuando. Las manualidades son actividades muy recomendables. Practicar la meditación (o la oración si es usted religioso) estimulará su mente y la predispondrá para generar ideas.

Así que ya sabe, es bien fácil. Sea vago. De vez en cuando.

En el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y las puntiagudas torres del monasterio, en donde ya instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros á soportar la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y su natural propensión á la vagancia se lo permitan.

Gustavo Adolfo Becquer, 1836-1870
Cartas desde mi celda






13 marzo 2016

MI SEGUNDA NAVIDAD



Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo. Lo peor es que puede que tengan hasta razón



Reconozco en Sevilla muchos defectos. Sevilla es una ciudad cerrada sobre sí misma, provinciana y egoísta. Una ciudad con un pasado tan grande, que ha decidido amputarse media Historia, para explotar la otra media. Una ciudad que vive de su Barroco y de su Siglo de Oro, de su contrarreforma y de su esplendor, ignorando su antigüedad milenaria. El sevillano vive mirando rio abajo, esperando que aparezca la Flota de Indias, cargada del oro que le resuelva sus problemas, sin tener que trabajar. Una ciudad que se cree el ombligo del mundo, el centro de un universo que no merecería la pena vivir sin ella. Una ciudad orgullosa de sus iglesias y conventos, que lleva a gala paralizarse de vez en cuando, para vivir velás, quinarios o ferias. En esta ciudad perviven la tauromaquia y las procesiones, nada es considerado cultura, si no tiene que ver con su flamenco o sus tradiciones. Aquí se recela de cualquier cambio, se ridiculiza cualquier novedad que se suponga amenaza a lo que ella se considera a sí misma. Sevilla echa en falta la muralla, que la indeseada Ilustración y otras moderneces urbanísticas, vinieron a derribar. Si aún la tuviera, gustosa cerraría sus puertas y postigos, para aislarse sobre sí misma todavía más. Si pudiera, daría cuerda hacia atrás, al reloj de su Ayuntamiento, para volver a los años más rancios e inamovibles de su historia reciente, ustedes me entienden.

El sevillano ateo, sin afición por el baile, los toros o el vino fino, se siente excluido de la vida de esta ciudad. Nada importa si aquí naciste, si tu ateísmo fue un proceso intelectual imparable, fruto de tu innata curiosidad y de tu veneración por la razón, por la verdad y por la ciencia. 

Sevilla, llena de tontos de capirote, es una ciudad muy perra. Muy jodida por culo, para entendernos.

Y sin embargo…

Sin embargo, en esta época de la temprana primavera, en la que la naturaleza despierta y los ritos de renovación llenan las culturas y los países, es cuando esta ciudad, en la que nací, se vuelve realmente única. Reconozco que pocas ciudades, sin ser capital de estado, han inspirado óperas o piezas de los genios de la música universal. Pocas han sido objeto de tanta obra de arte, tanto amor injustificado de cualquiera que la trató por un momento.

Y a este que les escribe, ateo y crítico, le gusta la Semana Santa de Sevilla. Lo siento pero no puedo evitarlo. Como en Navidad, vuelvo a hacerme niño otra vez. Vuelvo a sentir sobre mi mano, la mano de mi madre, del abuelo que me guiaba entre las calles, en busca de la esquina precisa y del perfil exacto. Vuelvo a estrenar zapatos y rebeca. Vuelvo a pasar por las calles por las que solo se pasa, en los días grandes. Vuelve mi paladar a saturarse de torrijas y pestiños de la Campana.

Otra vez asoma mi cara de niño, por entre las rejas de un balcón de Alberto Lista, vuelvo a alargar la mano sobre el Cristo de la Lanzada y verlo alejarse camino de Conde de Torrejón. Recuerdo ver, con ojos entrecerrados por el sueño, arder la candelería de la Encarnación, de la mano mi tía abuela, es de noche, tengo cinco años y soy capaz de dormirme de pie. Vuelvo a vestir mi primer traje, a mirar a las jovencitas de vestidos vaporosos y tacones  inexpertos. Vuelvo a tener veinte años, a escribir poemas de amor, a pasear con una novia del brazo, vestida de mantilla, sintiéndome importante.


Vuelvo a respirar mezclados, el humo del incienso y el polen del azahar, la ciudad vuelve a entrar en mis pulmones y en mis venas, acunándome en sus brazos de mujer fatal. Vuelvo a ser nazareno de San Benito, de la Macarena o de San Isidoro. Y vuelvo a acordarme de los que ya no están, de los que pasaron por mi vida, dejándome el corazón lleno de ellos. Os echaré de menos, madre, padrinos, abuelos….

Vuelven mis oídos a llenarse de gritos de vencejos, de tambores y de bambalinas que bailan con varales, de Caridad del Guadalquivir, de Estrella Sublime y de Amarguras… Vuelven mis ojos  a mirar a través de su atmósfera cargada de humo de incienso, de pequeños insectos voladores que llenan el aire, de semillas de plátano de Indias y de globos fugitivos… Vuelvo a salir a la calle, recién peinado, con colonia y corbata. Miro de nuevo a tu cielo azul y vuelvo a sentir el nudo de siempre en la garganta al volar los pétalos de Andalucía sobre la Virgen del Cerro del Águila.

Sí... Ya lo sé... No me digan nada. Sé que llevo conmigo mi incoherencia. Bendita contradicción, que todas las primaveras me recuerda lo que fui, lo que recibí de mis mayores, de dónde vengo, lo que debo conservar y respetar. Déjenme hacer un paréntesis de una semana en mi vida y olvidar los pecados mortales de Sevilla. Déjenme emocionarme y bucear por siete días en la ciudad de los sueños.

Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo. Lo peor es que puede que tengan hasta razón.

Antonio Gala (Ciudad Real, 1930)
Escritor español