21 mayo 2013

EL EFECTO BALACLAVA


Todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro


La comunicación. Una habilidad que los antropólogos nos dicen que el ser humano ha desarrollado hasta el punto de hacerle único. Una competencia que debería ser fácil de adquirir en tanto que es descrita como el proceso mediante el cual se puede transmitir información de una entidad a otra.  Sin embargo, escribir sobre comunicación en el ámbito de la empresa es tratar un tema sobre el que han corrido, no ya ríos sino océanos de tinta. Muchos libros y artículos se han publicado acerca de esta habilidad o competencia esencial para el directivo moderno. Y a pesar de todo, la calidad en las habilidades de comunicación del directivo medio es penosamente baja. Tanto es así que al que se defiende comunicando le llamamos comunicador.
La comunicación es una herramienta esencial en la vida personal y profesional. A la empresa, la comunicación adecuada le proporciona capacidades multiplicativas a nivel interno y externo. Nunca se realizará suficiente inversión a la hora de establecer y diseñar canales de comunicación adecuados entre los miembros de la plantilla, entre esta y la dirección y entre la empresa y sus clientes y proveedores. El diseño y elaboración de los mensajes y las comunicaciones en ocasiones se encargan a especialistas del ramo para garantizar la calidad y alineación con la misión de la empresa.
Al directivo, la capacidad de comunicar de manera eficiente le granjea una productividad superior a la media, en función de los ahorros de tiempo que se obtienen al establecer y enviar mensajes claros a los cuadros intermedios con la consiguiente eliminación de errores de interpretación y peticiones de información. Su capacidad de elaborar informes eficientes a la superioridad hablará de él como alguien que sabe poner en negro sobre blanco sus ideas, sugerencias o sus logros. Ni que decir tiene que su habilidad para hablar en público le diferenciará como líder ante su equipo y colaboradores.
Pero al contrario, cuando la comunicación falla las consecuencias son muy negativas. En base a mi experiencia he podido comprobar, especialmente en las comunicaciones escritas, lo peligroso de cometer errores. El correo electrónico, los chats, messenguers, twitters o los modernos sistemas de mensajería móvil encierran un riesgo mayor del que con frecuencia consideramos. Los cortos y escuetos mensajes, concebidos para el envío de información abreviada, se utilizan para conversaciones largas o comunicar ideas o datos que requieren de mayor elaboración o tiempo y que se comunicarían mucho mejor con una breve charla verbal. Utilizamos mal los canales, creemos que en 20 palabras podemos decir cualquier cosa. Personalmente he visto surgir graves y absurdos conflictos y disputas en la empresa, como fruto de los inevitables malentendidos provocados por el coctel de la brevedad, la impericia literaria y las prisas. Y como dice un proverbio ruso La prisa solo sirve para atrapar moscas.
Y no es que muchos directivos no sepan comunicar. Es que no saben ni escribir. Y no me refiero a la gramática u ortografía, válgame Dios. Solo hago referencia a la transmisión de la idea que se desea enviar de una forma clara, ordenada y seria. No hablo más que de la experiencia de mis observaciones.
 Traigo por tanto aquí hoy un caso histórico de comunicación defectuosa de consecuencias fatales. Una comunicación que se parecía mucho a nuestros actuales twitts y whatsapps pues consistía en mensajes cortos que iban y venían al galope, garabateados en un trozo de papel. Tan defectuosa como las actuales, en relación con la falta de concreción y claridad. Y con un efecto también catastrófico, pues el malentendido conllevó la toma de decisiones erróneas con consecuencias negativas en las personas. A todo esto podemos llamarle el Efecto Balaclava.

Esquema de la acción de la caballería en Balaclava

Balaclava es una localidad de origen mongol, situada en la actual Ucrania, en la que tuvo lugar la más famosa batalla de la Guerra de Crimea. Una guerra que enfrentó en 1854 a dos colosos como el Imperio Ruso y el Imperio Británico, apoyado tímidamente este último por franceses y otomanos. Y desde luego muy desconocida por los españoles.
Sin embargo, la Guerra de Crimea es interesantísima ya que por muchas razones marcó un antes y un después:
·  Fue la primera guerra fotografiada. A partir de entonces siempre el periodismo inmortalizó las imágenes de los conflictos bélicos a lo largo del mundo.  
La fotografía llego justo a tiempo para inmortalizar al
cirujano auxiliar Henry Wilkin del 11º de Húsares
·  Fue la primera guerra donde se dedicó una atención especial a los heridos en combate gracias al trabajo innovador y valiente de Florence Nightingale, que se dedicó en cuerpo y alma a su cuidado, limpieza y curación. El ejemplo de Nightingale, que redujo la mortalidad de los heridos del 42% al 2%, inspiró la fundación posterior de la Cruz Roja.
·  Fue la última guerra en la que los soldados vistieron los vistosos uniformes que servían para identificarlos en el campo de batalla. La evolución de las armas y las tácticas demostró en las batallas de Crimea que a partir de entonces lo mejor era abandonar el colorido a favor de tonos mas discretos.
·  Fue la primera guerra donde se utilizaron modernos barcos a vapor para el transporte de un cuerpo expedicionario. El viaje de ida a cargo de los barcos a vela de la Royal Navy fue tan incómodo, que a la vuelta el Almirantazgo se rascó el bolsillo y utilizó los nuevos barcos dotados de calderas, mejorando mucho el viaje del personal.
·  Fue una guerra corta pero proporcionalmente terrible en bajas, a consecuencia del avance que había experimentado la tecnología armamentística en contraste con unas tácticas sobre el terreno que permanecían casi igual a las de las guerras napoleónicas. Pocos años después, las pavorosas cifras de bajas de la Guerra de Secesión Norteamericana vendrían a confirmar esta tendencia.
·  Y por último, la Guerra de Crimea supuso un hito histórico y cultural para Gran Bretaña, que logró una victoria estratégica que consolidó su hegemonía mundial en plena época victoriana en los planos militar, económico y cultural. La guerra fue inmortalizada por periodistas, pintores y poetas en un alarde épico y artístico que retumbó hasta bien entrado el siglo XX. Hasta épocas bien recientes los escolares británicos recitaban los versos de Tennyson sobre la carga de los 600 y el cine después llevó a las salas historias basadas en estos hechos. El orgullo británico vivió de Crimea durante décadas. Y los uniformes rojos de los Granaderos de la Guardia que vemos en Buckingham Palace se constituyeron en un icono del ejército británico (por mucho que sus vistosos y altos gorros de piel de oso fueran copiados del Regimiento de Granaderos de la Vieja Guardia de Napoleón).

La Delgada Linea Roja en Balaclava
paso tambien a la historia

En la batalla de Balaclava la transmisión de las órdenes se hizo de modo tan chapucero y confuso que desembocaron en una carga frontal de la caballería británica sobre la artillería rusa, justo la maniobra prohibida en los manuales. Las baterías rusas se situaban al final de un valle de aproximadamente 1,5 km de profundidad. Aunque también había cañones en la falda de la izquierda…y en la falda de la derecha... Es decir, un infierno donde jamás debería haberse realizado ningún ataque frontal. Salvo aquel día. Aquella fría mañana del 25 de octubre de 1854 las órdenes partieron de Lord Raglan, Comandante en Jefe del ejército, hacia el general de la División de Caballería Lord Lucan. Y aquellas órdenes pasaron a la Historia de la comunicación.
Imaginemos primero al Estado Mayor de Lord Raglan en las colinas Sapoune rodeado de jóvenes oficiales que, junto a sus caballos, esperaban recibir el encargo de transportar en su sabretache alguna orden a cualquier lugar del campo de batalla. Dado que Raglan carecía de mano derecha, dictaba sus órdenes a otro general, quien las transcribía, mas o menos literalmente, para entregarlas al momento al batidor de turno. El emisor podía además añadir las explicaciones verbales que considerara convenientes para la mejor comprensión de la orden. De igual modo, el mensajero tenía la posibilidad de leerla y hacer cuantas preguntas considerara oportunas para su mejor entendimiento, dado que una vez en destino, sus palabras serían la única fuente de aclaración sobre la nota.
Aquel día Lord Raglan emitió 4 órdenes escritas a la caballería. No siendo las dos primeras un alarde de claridad, tampoco causaron más que molestias. Pero las dos últimas son las que provocaron el desastre.
·  Que la caballería avance y aproveche cualquier oportunidad de recuperar los montes. Contarán con el apoyo de la infantería, que ha recibido la orden. Avancen en dos frentes.
·  Que la caballería avance rápidamente al frente, que siga al enemigo e intente impedir que el enemigo se lleve los cañones. La compañía de artillería montada podría acompañares. La caballería francesa queda a su izquierda.
La inconcreción de las órdenes era muy patente pues en cuanto a la primera, emitida a las 10 de la mañana, ¿a qué montes ser refería la orden, pues había montes a un lado y otro del valle?¿con qué infantería se avanzaría? Lord Lucan no podía ver a ninguna infantería desde su posición. Y no podía verla porque aún no había llegado, en aquel momento marchaba desde Sebastopol hacia el campo de batalla, donde no se desplegarían hasta 20 minutos después. No obstante, Lord Lucan interpretó prudentemente la orden, es decir, no hizo nada en absoluto, tan solo esperar.

El 17º de lanceros en Balaclava

En cuanto a la segunda, emitida a las 1045 ante la pasividad de la caballería, las inconcreciones eran aún mayores. ¿A qué enemigo se refería y qué cañones eran los que intentaban llevarse? Lucan no podía apreciar ninguno y desde luego era también prácticamente imposible apreciar algo así desde la posición de Raglan. Había cañones en los tres lados del embudo que constituía el valle y por lo tanto el objetivo era confuso. Pero, la mala fortuna hizo que el envío de la cuarta y última orden de aquella mañana se encomendara al Capitán Nolan. Nolan era un experto en el arma de caballería, autor incluso de tratados de adiestramiento y cría. No obstante, la impetuosidad de Nolan era famosa y los testimonios de testigos avalan que su forma de comunicar la orden llevó a Lucan a darle la interpretación más radical.  

Nota con la orden conservada por Lucan tras la batalla

Se comprenden las cuestiones planteadas sobre el terreno por Lucan a Nolan: ¡Atacar, señor! ¿Atacar qué? ¿Qué cañones, señor? ¿Dónde y qué hay que hacer? Todo ello en un entorno de alto nivel de estrés y confusión. Según el mismo testigo, Nolan respondió a estas dudas señalando vagamente hacia el final del valle ¡Allí milord, allí están sus cañones! Lucan podría haberle despachado de vuelta con una petición de aclaraciones o podría sencillamente haber conversado calmadamente con Nolan, pero no lo hizo. Algunos testigos interpretan su silencio como orgullo e irritación ante la orden o ante la actitud impetuosa e irrespetuosa de Nolan. La cuestión es que Lucan interpretó gesto, nota y palabras como la petición imperiosa de cargar de manera inmediata y suicida contra los cañones de los Cosacos del Don del final del valle, cuando al parecer las intenciones de Raglan eran tan solo que lo hicieran sobre la retaguardia de las baterías de ambas colinas.
Malentendido fatal. Lucan movilizó a toda la División, aunque cabalmente abortó la carga de la Brigada Pesada que marchaba a retaguardia. Misteriosamente sin avisar a la Brigada Ligera que trotaba delante, casualmente comandada por su acérrimo enemigo y cuñado Lord Cardigan. 
Cardigan al frente de la Brigada Ligera

Lo que sucedió a continuación se conoce como la cabalgada al infierno o más popularmente como la Carga de la Brigada Ligera, famosa denominación que eclipsó al nombre de la batalla en cuyo seno tuvo lugar y al de la guerra entera. La Carga de la Brigada Ligera se convirtió en símbolo del sacrificio, la abnegación y la gloria militar, a pesar de ser uno de los mayores errores de comunicación militar de la Historia. La Brigada de Cardigan fue pulverizada por los botes de metralla de los cañones rusos que vomitaron hierro y muerte sobre hombres y caballos tanto durante la carga como en la retirada.  Cinco regimientos sufrieron un 50% de bajas de caballos y un  30% de jinetes ante las bocas de los cañones rusos: el 8 º y el 11º de Húsares, el 4º y el 13º de Dragones Ligeros y el 17º de Lanceros.
Así que cuidadito con lo que escribimos en nuestros whatsapps. Alguien podría resultar herido…
Que tengan buena semana.
Para saber más:
Del mismo autor:

·         Sobre la batalla de Balaclava
·         Sobre la batalla de Inkermann
Filmografía:
·         La Carga de la Brigada Ligera (1936)
·         La última carga (1968)



Todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro
Albert Camus

12 mayo 2013

LA IMAGINACIÓN ILÓGICA


Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación.

Me apresuraba yo para tomar el metro, pequeño y eficiente trenecito que cruza la ciudad en tiempo record, reciente regalo de la modernidad a esta Sevilla que tardó 30 años en hacer las obras, de tanto pensárselo. Mi viaje empezó con normalidad, acercando mi tarjeta, llamada de proximidad, al lector de la puerta de acceso, que también con normalidad se abrió ante mí, como hacía con todos los pasajeros que nos apiñábamos a cruzarla en aquella hora punta.  Al terminar el trayecto me dirigí a los tornos de salida donde se debe validar de nuevo la tarjeta para contabilizar el trayecto y la correspondiente salida a superficie. Y allí quedé, detenido por aquella máquina que me decía insistentemente que no contaba con billete válido a través de su pantallita de cristal. Busqué no sin dificultad la ayuda de algún personal del metro pero solo encontré a un vigilante de seguridad que con toda la amabilidad me dijo que comprobaría la incidencia. Por radio comunicó con la central donde le dijeron que no constaba mi acceso y que por tanto mi viaje había sido sin pagar. Estupefacto escuché que debía pagar la sanción correspondiente a un viaje no regularizado, para lo que podía dirigirme a otra máquina y seleccionar la opción Regularización. Como no podía creerlo, le dije que necesitaba la presencia de algún personal de metro, para escribir la correspondiente Hoja de Reclamaciones. A lo cual accedió el agente de seguridad advirtiéndome en todo momento que por mucha Hoja que pusiera, yo de allí no me iba sin pagar la multita, eran los procedimientos establecidos. Se veía que me creía, cuando le decía que yo había picado mi billete con normalidad y que la puerta de acceso se había abierto como siempre, bip incluido. Pero su sumisión al procedimiento y a la máquina ejercía en él un influjo hipnótico.
Llegada la comercial, se mostró muy empática con mi situación y la creí cuando me dijo que me creía. No obstante, me confesó azorada que no podía hacer nada, que si el sistema informático no ha registrado mi entrada, nada me podría dejar salir a no ser que regularizara, que pagara vamos. Con la sensación de estar viviendo una situación extraña, rellené la Hoja de Reclamaciones para que al menos alguien se tomara la molestia de leerla. Una vez sellada me acompañó amablemente a la máquina a pagar mi multita, que no por barata dejaba de doler. Increíblemente la maquinita se negaba a aceptar mis monedas, escupiéndolas una y otra vez cuando pulsaba en Regularización. Abochornada la amable empleada me dijo que si por ella fuera, me dejaría ir, pero claro, había cámaras que todo lo observaban y quedaba fuera de toda consideración esa posibilidad. El ojo de la máquina se cernía sobre nosotros. Finalmente regularizado, abandoné la estación con una bonita Hoja en mi cartera y un buen recuerdo de aquella considerada comercial.
Al cabo de los días, recibí carta de Metro de Sevilla donde me decían, en resumidas cuentas, que el sistema dice lo que dice, que yo no entré, que por tanto viajé sin billete y que así son las cosas y pago al canto. Sorprendentemente, al final de la carta me decían que disculpara y que pasara a recoger el dinero de la multa para resarcirme de mi gasto. La carta no puede ser más contradictoria, pues por un lado se someten a la contabilidad del ordenador y por el otro reconocen que no debía haber pagado. Algo así como: Estimado cliente, nuestro sistema es tan de puta madre que nunca falla y mejor que así sea pues nos ha costado un huevo y mitad del otro a todo contribuyente. Son tan infalibles que no necesitamos humanos que las supervisen. No obstante, ahí va su dinero. Que tenga un buen día y ninguna pregunta más.
En el Metro de Sevilla las máquinas mandan. Mandan tanto que mandan hasta cuando fallan. Y son infalibles, no por ellas, sino porque ellos las consideran infalibles.
Las máquinas. Infalibles, ecuánimes y racionales. A quién mejor que a ellas para cederles el control de nuestras vidas y negocios. Así nosotros los humanos podemos dedicarnos a otras cosas, como leer, ver la tele, pasear o apuntarnos al paro. Así que decidí escribir sobre este tema, porque es más profundo de lo que parece.
Cuando repasé la filmografía sobre el tema, reparé inmediatamente que el mundo del cine, visionario  y artístico, ha reflejado, recreado e incluso teorizado sobre las consecuencias negativas que la excesiva cesión de control a las máquinas nos ha reportado en el pasado o podrían reportarnos en el futuro.
En plena década del despegue de los ordenadores personales,  Jonh Badham dirigió el film Wargames, una cinta que teoriza sobre las consecuencias que el sucesivo crecimiento de la automatización de procesos y decisiones podría tener en el entorno de una guerra fría que en 1983 todavía mantenía al mundo al borde de la autodestrucción termonuclear.
Un año después James Cameron asalta las taquillas con The Terminator, una película de acción que encierra un mensaje similar, situando en un futuro móvil, una Tierra gobernada por Skynet, una supercomputadora creada por el hombre para su seguridad pero que decide en 2029 tomar el control de las armas atómicas para esclavizar a la raza humana.
Y más recientemente, Tony Scott dirige en 1995 Crimson Tide, traducida como Marea Roja en castellano, largometraje en el que la oficialidad de un submarino estratégico de los Estados Unidos se debate entre la obediencia a los procedimientos establecidos por las comunicaciones informáticas y la intuición humana fruto de una visión amplia e imaginativa de la situación.
Podríamos continuar citando películas con mensajes similares y no acabaríamos nunca. Alguien debería tomar nota de la preocupación del cine (y también de la literatura) por este tema.
La automatización de procesos y decisiones…. ¿por qué hemos reculado tanto? ¿cómo hemos cedido tanto control a los ordenadores?..
Nuestras empresas viven y crecen desde hace décadas gracias a la informática. Por ella hemos logrado un nivel de desarrollo y bienestar considerables. Las grandes corporaciones operan incapaces de gobernarse a sí mismas sin la ayuda de complejos ERP, CRM y otras siglas complejas y anglosajonas que designan la multitud de herramientas que apuntalan su gestión diaria. Eficiencia y rapidez que la ayudan en el proceso mecánico de sus operaciones y que al mismo tiempo las hacen vivir atenazadas por unos sistemas que son al tiempo su motor y su lastre.
La lógica de los ordenadores han provocado o casi provocado cracks bursátiles que se basaban en la toma de decisiones de compra o venta en función de la lógica de la evolución de los mercados, lo que provocaba vertiginosas espirales de ventas para desplome de los índices en cuestión de minutos.
Y cuántas veces en mi vida profesional he encontrado quejosos directivos que se lamentaban de estar a expensas de la informática. Yo quiero hacerlo pero el sistema no nos deja… Esta alternativa no está contemplada por nuestros sistemas... Jamás podríamos hacerlo ya que esto tendrían que resolverlo primero en el departamento informático... Soy el Director pero no puedo hacerlo pues no me lo permite el ordenador…No puedo vender ese producto porque una modificación del programa costaría muchísimo…Es legal lo que me propone, pero no tenemos esa opción en el menú del sistema, así que no podemos hacerlo…

  El que tiene imaginación, con qué
  facilidad saca de la nada un mundo.
           Gustavo Adolfo Bécquer 


Por mi parte, durante mi experiencia ejecutiva, nunca dudé en saltarme a la torera los procedimientos. No vacilé en engañar, ignorar o puentear al ordenador para hacer lo que consideraba correcto y urgente. Nunca cedí ante la computadora, para desesperación de muchos subordinados que, como tantos, desarrollaban síndromes de Estocolmo galopantes por su servilismo ante el orden y la lógica.
Ni que decir tiene que también todos hemos experimentado a la inversa la productividad de las empresas en ausencia de informática. Días de fallos de hardware o de corte de suministro eléctrico, contemplan a las plantillas tomando café, charlando animadamente, ordenando sus mesas o tirando papeles viejos, para desesperación de los jefes, que ven como transcurren las horas perdiendo el tiempo y el dinero con una empresa en shock. No puedo pagarle (o enviarle una factura) hoy pues se nos ha caído el sistema informático…

 En momentos de crisis la imaginación
es más importante que el conocimiento.
                   Albert Einstein

La cuestión es si esta lógica, esta cesión de terreno a la razón de la máquina, esta sumisión a la dictadura del chip de silicio nos ayudará o no a la salida de la crisis. Pienso que de esta espiral de sinrazón totalmente lógica y cerebral, no nos sacarán las grandes corporaciones que se comportan racionalmente, que despiden trabajadores si prevén pérdidas, que encogen sus balances para adaptarse al entorno o que cierran sucursales porque así lo aconsejan sus modelos. Pienso que hemos cedido demasiado. Que las innumerables ventajas de la informática se han sobredimensionado,  que tantos y tan grandes son sus beneficios que hemos pensado que pueden sustituirnos en todo. Y  pienso pues que la llave de la salida de la crisis estará en los pequeños empresarios, en los valientes emprendedores que nos llevarán en volandas, porque trabajarán libres de tanta lógica y de tanto sistema de gestión, porque tomarán decisiones anticíclicas, porque no estarán condicionados por la razón o la lógica que encorsetan a las grandes empresas.
Así que no será el crédito lo que nos saque de la crisis. Ni los ordenadores. Ni los turistas adinerados… ni emigrar a Alemania…ni las gurús de la economía…. ni los políticos… ni el hacer los mismos lo mismo de siempre.
Los emprendedores lo harán. Y con solo dos cosas que las máquinas no podrán tener nunca: el valor y la imaginación.
Que tengan buena semana.
 

Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación.
Alfred Hitchcock (1899-1980) Director de cine británico.

28 abril 2013

LAS DECISIONES DE NAPOLEON



¡Ah, ya son míos esos británicos!


En varias ocasiones hemos hablado de los líderes de la Historia como el mejor tipo de ejemplo para nuestra educación como directivos y empresarios. Quiero no obstante aquí destacar que dichos personajes no fueron la perfección personificada, que su vida y obras no supusieron el acierto constante sino una lógica sucesión de éxitos y fracasos. Que su brillo en la Historia se atribuye con frecuencia a una inacabable sucesión de felices decisiones pero que en realidad ninguno de ellos rozó siquiera la perfección. Y que por tanto y afortunadamente, podemos aprender de ellos una doble lección: la de su genialidad y la de sus miserias. Ambas facetas coexisten en el genio como en cualquier persona. Y nuestra misión como dignos aprendices es la de obtener las mejores conclusiones de sus aciertos y de sus errores, reconociéndoles como personas corrientes como nosotros. El valor del error como fuente de conocimiento e inspiración se suele subestimar a la hora de la formación.

Propongo aquí como ejemplo paradigmático a Napoleón Bonaparte. Sobre todo, porque la mayoría de la literatura sobre el mismo se dedica a glosar su vida y milagros de manera sistemática, perdiendo a veces de vista el lado más oscuro de los errores de este gigante, de los que podemos aprender tanto o más como de sus aciertos. 
Idilica visión de Napoleón cruzando
los Alpes hacia su campaña de Italia

 Napoleón fue un gran reformador y un líder carismático. Nacido francés en una provincia periférica y recién anexionada como Córcega, su familia ni siquiera procedía de Francia sino de Italia, siendo bautizado por sus padres con el nombre de Napoleone Buonaparte. Hecho a sí mismo, se colgó sus galones a base de estudio, dedicación y valor, ganándose una meteórica carrera en el ejército y una bien merecida fama durante los años de la Revolución, como sus destacadas acciones durante el sitio de Tolón por parte de España e Inglaterra, entonces aliadas.

Vino a poner orden en el caos que sucedió a la Revolución y terminó con los bandazos políticos y la ingobernabilidad que habían traído la Asamblea, la Convención y el Directorio. Su Consulado y luego su Imperio aportaron a Francia la tranquilidad que necesitaba tras una década de convulsiones políticas y sociales. Reformó y modernizó el sistema legislativo con la codificación de leyes que perduran hasta nuestros días. También reorganizó el Ejército, descabezado tras las purgas revolucionarias, aplicando en el mismo los principios de competencia e igualdad de oportunidades predicados por el nuevo régimen, lo cual dotó a la Grand Armee de una joven, preparada y motivada cadena de mando. Los nuevos sistemas fiscales y de aduanas permitieron un saneamiento de las finanzas públicas, el comercio floreció antes del bloqueo y París se convirtió en la ciudad más importante y poblada de Europa. Tuvo el buen juicio de no despreciar todo lo que heredó, costumbre de malos líderes anteriores y posteriores. Por ejemplo, aprovechó el servicio militar obligatorio implantado por Robespierre o el sufragio universal. También supo ganarse a un tiempo a facciones disidentes entre sí, convirtiendo su figura en el punto de convergencia de republicanos, católicos y realistas, hasta el punto de ser capaz de desplazar a un rey Borbón como quién aparta a una mosca, con su inesperado regreso de Elba y su Imperio de los Cien Días.

El joven Capitán de Artillería Bonaparte


En definitiva, Napoleón fue un hombre excepcional, hecho a sí mismo desde la nada. Fue el hombre del momento, que tuvo el liderazgo y habilidad suficientes para elevarse sobre la mediocridad imperante. Supo rodearse de personal competente y esto le atrajo la suerte en aquellos momentos en que la necesitó. A todos ellos supo motivarles y premiarles justamente según su competencia, lo que le granjeó  lealtades inquebrantables. Y su fuerza, su inagotable energía y determinación hicieron que su nombre retumbara en la historia de Francia y del mundo por encima de los que le acabaron venciendo en el campo de batalla. Y esto dice mucho.

Pero no es oro todo lo que reluce. Si he elegido a Napoleón para mi análisis es porque desde siempre me ha llamado la atención sus recurrentes y garrafales errores y no menos la indulgencia o la ceguera de biógrafos  e historiadores a la hora de pasar de puntillas sobre ellos cuando no al sencillamente ignorarlos. Parece ser que el brillo del nombre de Napoleón es tan grande que con frecuencia los analistas se dejan deslumbrar por él a la hora de interpretar sus acciones sobre el campo de batalla, razonando inexplicables errores con alguna excusa que los justifique o disculpe adecuadamente.

La historiografía oficial califica a Napoleón como genio militar. Sin embargo es en esta materia donde más errores cometió, tanto en el aspecto táctico como en el estratégico. Veamos.

Errores estratégicos: a grandes males, grandes remedios.

·        ¿Fue una genialidad estratégica lanzar la excesivamente cara y agotadora  campaña de 1812 contra Rusia? Para entonces ya se sabía que Rusia tenía una extensión territorial inmensa, con unas fronteras que nunca habían sido asaltadas desde las guerras con los polacos. Su desatino estratégico le llevó a reunir a más de 200.000 hombres para desplegarlos en un escenario de operaciones excesivamente largo en el tiempo y el espacio. Se vio obligado a repartirlos en una línea de suministros demasiado alargada y vulnerable que partía de Prusia y llegó hasta Moscú. Y no comprendió que, a efectos estratégicos, una derrota táctica supone la victoria. El Zar Alejandro sí que lo entendió perfectamente y no empeñó su ejército en defender Moscú, para desesperación de Napoleón.

Solo 58.000 sobrevivieron a la retirada de Rusia en 1812


Los defensores de Napoleón argumentan que Rusia estaba preparando una invasión de Prusia y Baviera, y que Napoleón debía adelantarse para ganarle la mano a Alejandro. Dicen que la frágil y costosamente ganada alianza de Prusia podía cambiar de color si Rusia se movilizaba contra Francia. Esto podía ser cierto, pero no sirve de excusa, habida cuenta de lo inabarcable del objetivo, sobre todo si tenemos en cuenta que Napoleón estaba acostumbrado a hacer picadillo a ejércitos rusos deambulando por Europa. Una adecuada preparación defensiva y vigilancia en Prusia podría haber resultado mucho más económica y efectiva.

Ni que decir tiene que la conformación del ejército de invasión se hizo a costa de retirar muchas tropas de otros escenarios sensibles como España, donde los aliados lanzaron la campaña de 1812 que conllevó a la victoria de los Arapiles o Salamanca, abriendo las puertas de Madrid y la victoria final.


Aquella maldita guerra de España.

·        ¿Qué de acertado fue convertir en mayo de 1808 a un aliado como España en un enemigo que le desangró lentamente? Que no fue una buena idea se demostró pronto, ya que en julio de ese mismo año, el ejército español mandado por Castaños y Reading machacó al ejército francés de Dupont en  Bailen. Tan grande fue el desastre que José Bonaparte recoge los bártulos y abandona Madrid donde no le había dado tiempo ni a calentar el asiento, obligando a su hermano Napoleón a venir en persona y a invertir aquí muchos más recursos de los que imaginaba. España pasó de ser un sumiso vecino a ser un fiero enemigo y la puerta trasera de Francia. Un escenario en el que tuvo que afrontar la alianza de los ejércitos inglés, portugués y español hasta la aplastante y humillante derrota francesa de Vitoria. Napoleón describió en sus memorias a esta guerra peninsular como la úlcera española, lo cual teniendo en cuenta que su úlcera de estómago (natural o propiciada por arsénico) era lo que más padecimientos físicos le dispensó al final de su vida, podemos medir cómo de arrepentido se sintió de aquella decisión.

·        ¿Fue un acierto estratégico arruinar la economía de Francia y sacrificar a dos generaciones de jóvenes en interminables y sangrientas guerras? Para cuando la campaña final de 1815 estaba a punto de comenzar, gran parte de las nuevas levas de Napoleón estaban compuestas de jóvenes bisoños y sin experiencia, que no fueron la mejor opción para las acciones de Quatre Bras, Ligny, Wavre y Waterloo, como demostró la ligereza que tuvieron muchos regimientos para darse la vuelta y correr. Tras la derrota en los campos belgas, la industria y el comercio estaban abandonados y Francia quedó sumida en una crisis económica que la apartó del escenario europeo a favor de Inglaterra y Austria durante todo el primer tercio del siglo XIX.

·        ¿Fue acaso su desprecio hacia la marina de guerra una estrategia inteligente? En este aspecto Napoleón, como artillero de carrera, siempre se quejó amargamente de que un navío de línea contara con más cañones que cualquiera de sus ejércitos y de que requerían unos recursos económicos que estaban mejor empleados en tierra (por él, claro). Además nunca llegó a entender del mar, sufriendo ataques de ira cuando algún almirante cuestionaba sus órdenes de mover su flota de A hasta B en el tiempo asignado. Nunca llegó a comprender que en el mar las órdenes siempre tenían un “depende” en función de los vientos y los azares náuticos. No tuvo interés por conservar el imperio colonial francés y después de la batalla de Abukir, donde Nelson le hundió la flota que llevó su ejército a Egipto, perdió toda confianza en la gente de mar. Por último, tampoco echó demasiado en falta su escuadra perdida en Trafalgar (junto con la española), casi respirando aliviado al poder movilizar por fin a su querido ejército acantonado en Boulogne con destino a la exitosa campaña de finales de 1805, en las que derrota a todo bicho viviente en Ulm, Viena y Austerlitz. Sin embargo, este menosprecio por la marina le traería a la larga nefastas consecuencias, al permitir a Gran Bretaña establecer el bloqueo de su comercio además de facilitarle desembarcar sus ejércitos en Portugal para atacarle primero en España y posteriormente en Bélgica en la campaña de 1815.
  

Errores tácticos: muchos pocos hacen un mucho.

Es cierto que Napoleón era capaz de realizar maniobras tácticas sorprendentes, que sus ejércitos marchaban a la velocidad del rayo y que manejaba el engaño como un maestro. Por estas cualidades era conocido y temido. Su maniobra en Austerlitz se enseña todavía en las escuelas militares como ejemplo de astucia y acierto militar. Mucho criticó la prensa inglesa a Lord Wellintong  por fijar una gran cantidad de tropas en Hal para fortalecer su flanco derecho temiendo un movimiento francés de esta clase en la jornada de Waterloo. Movimiento que nunca llegó por ese sector. Y nunca llegó porque a Napoleón la maniobra que más le gustaba, la que le ponía de verdad, era el ataque frontal directo, es decir, ninguna maniobra en absoluto. La misma maniobra que cualquiera sin entendimiento militar llevaría a cabo. ¡De frente, ar!. Más o menos.
La maniobra frontal en Waterloo

·        El ejemplo mas palmario es desde luego Waterloo, donde Napoleón ataca de frente a los británicos que ocupaban una posición defensiva de libro, sobre una suave colina, con el suelo empapado por la lluvia y con tres granjas al comienzo de la pendiente que habían convertido en bastiones. Nada mas desaconsejable para atacar a un general como Wellintong que  era famoso por ganar luchando a la defensiva. Pues aquí tenemos a Napoleón ordenando el ataque frontal a las granjas, donde desde luego se estrellaron sus regimientos. Ordenando una extemporánea e inútil carga de caballería donde sus escuadrones se estrellaron con los disciplinados cuadros británicos. Situando a su artillería para disparar a un ejército inglés que permaneció casi todo el tiempo a cubierto tras la colina. Parece ser que Napoleón había faltado a clase el día que explicaron estas cosas ni había leído que los suelos embarrados siempre favorecen al defensor, como sucedió en Azincourt.




Posteriormente Napoleón se excusó diciendo que él no había ordenado la carga de caballería y es posible que así fuera, a la luz de los indicios. Pero aunque así fuera, su responsabilidad en la derrota está fuera de toda duda por lo inadecuado del planteamiento táctico de la jornada. La prisa razonable que podría tener en neutralizar a los británicos antes de que recibieran refuerzos de los prusianos no es más que una excusa barata para tapar un error con otro error, pues si los prusianos llegaron al campo de batalla con tiempo de resultar decisivos fue por los errores previos de Napoleón al localizarlos y destruirlos.

·        Pero también realizó ataques frontales con anterioridad aunque no le llevaran a una derrota. Como por ejemplo en Borodino durante la campaña de Rusia, donde avanzó frontalmente sin más sobre una sólida posición que los rusos se habían llevado fortificando una semana. Esta batalla pasa por ser una de las mas sangrientas de las Guerras Napoleónicas. Las estimaciones elevan las bajas francesas a 40.000, lo cual supone un 20% (¡¡) de su ejército de invasión, algo completamente inaceptable.
 
Visión artística de Napoleón en Borodino
Como siempre la disculpa del historiador llega oportunamente. Cuentan que aquel día Napoleón no dirigió la batalla pues padecía fiebres reumáticas, quedando la dirección a cargo de sus mariscales, principalmente Murat. Que Murat era un mendrugo lo sabe todo el mundo, y de estar al mando habría hecho lo que mismo que su Emperador. De todas formas, Napoleón acostumbraba a abroncar furiosamente a cualquier subordinado que metiera la pata, como hizo con Ney tras Quatre Bras acusándole de haber traído la ruina a Francia por dejar escapar a los británicos. Sin embargo, tras Borodino ningún mariscal sufrió reprimenda alguna, lo cual nos indica que Napoleón en persona dirigió las operaciones aquel día. Tampoco ninguna supuesta enfermedad era razón suficiente para apartar a Napoleón de la dirección de una batalla importante: todo el mundo sabe que en Waterloo padecía una dolorosa cistitis y que los dolores de estómago le impedían descansar con normalidad casi siempre.

·       Otra ocasión en la que Napoleón ganó una batalla atacando a lo burro fue Somosierra, en 1808. Tras derrotar a un ejército español en el norte, los franceses acometían el último bastión defensivo nacional antes de Madrid. Las fuerzas españolas, comandadas por el general Benito San Juan, habían establecido una posición prácticamente inexpugnable en el camino de ascenso al puerto y a la salida de un puente que era necesario atravesar si quería forzarse el paso. Como siempre, durante toda la mañana los franceses trataron de avanzar por el puente y el empinado camino, ofreciendo un blanco excelente a la bien servida artillería española. Tras toda una mañana jugando a hacer carne picada con las columnas francesas, las baterías españolas fueron finalmente tomadas por una carga de los jinetes polacos al servicio de Napoleón, en una acción tan suicida como afortunada. Todo ello a un coste tremendo en vidas humanas, cuando posiblemente, con un poco de paciencia, la posición española podría haber sido flanqueada de aplicar la presión suficiente en los sitios adecuados.
Carga de los polacos en Somosierra

Como vemos, los  errores militares de Napoleón no son solo evidentes en las derrotas sino también en las victorias, algunas de las cuales se debieron a un inesperado golpe de suerte. Napoleón se preocupaba por la suerte. Siempre la consideró un factor decisivo. Se consideraba a sí mismo como un general con suerte. Tanto es así que cuando le proponían alguna nueva promoción a general siempre hacía la misma pregunta sobre el candidato ¿y… tiene suerte?

·      La suerte le salvó en Marengo (1800) donde una oportunísima explosión de un carro de munición enemigo junto con la sorpresiva carga de caballería dirigida por Kellerman sobre el flanco de un vencedor ejército austriaco que marchaba en columna convirtió una derrota certificada en una victoria aplastante sobre una sorprendida infantería que no paró de correr hasta Viena.
·        Y como vimos más arriba la suerte le salvó en Somosierra donde la valiente carga por parte del Tercer Escuadrón del Regimiento de Caballería Ligera Polaca de la División de Caballería de Lasalle, desbarató la posición de las baterías españolas que habían causado muchas bajas francesas gracias al nefasto planteamiento táctico de Napoleón. 


La peor decisión: divide y perderás, Waterloo 1815

Napoleón se presentó en Waterloo sin un tercio de su ejército. ¿Por qué dividió sus fuerzas? Veamos.
 
Sir Arthur Wellesley
I Duque de Wellintong
Tras desbaratar a los prusianos el 16 de junio en Ligny, Napoleón no envía a Grouchy (que tampoco era rápido) con unos 30.000 hombres en  persecución de Von Blücher hasta 24 horas después, primer retraso fatal que permite a los prusianos poner tierra de por medio y les da tiempo para reorganizarse. Cuando lo hace, le dirige hacia el Este temiendo que el enemigo se reagrupe a su retaguardia y no hacia el Norte, que era donde verdaderamente habían ido los prusianos para mantener las posibilidades de unirse a los británicos. Esto hizo que Napoleón dividiera sus fuerzas abrumadoramente en un esfuerzo inútil. ¿Por qué desprenderse de 1/3 de sus hombres cuando no contaba con información sobre la ubicación en el mapa de uno de sus enemigos? Para localizar a los prusianos habría sobrado con destacar una brigada de caballería en un abanico de cobertura de 90º. Napoleón sufrió uno de sus típicos errores de percepción: no buscaba localizarlos, buscaba aniquilarlos pues en su mente ya los tenía localizados hacia el Este, corriendo hacia Berlín, donde precisamente no estaban.

Como todos sabemos, llegada la tarde del día 18, los prusianos se presentaron en Waterloo para desmoralización de los franceses, cuyo emperador deambulaba gritando ¿Dónde está Grouchy?
  


Aprendamos lecciones de las buenas y malas decisiones. Y no olvidemos nunca que el error en una mala decisión no debería abocarnos siempre a un desastre de irremediables consecuencias. En la mayoría de las ocasiones, una mala decisión nos situará en una situación difícil pero que de entrada cuenta con una ventaja sobre la anterior: ya sabemos en qué fallamos. Y al cabo estaremos ante un nuevo escenario y una nueva decisión que tomar.

Y para terminar sepamos que los errores no son patrimonio nuestro y que pueden cometerse por cualquiera. Tengamos en cuenta la enseñanza que Napoleón nos dio en Austerlitz mientras observaba con su catalejo a los rusos bajar de la colina de Pratzen: Nunca interrumpas al enemigo cuando está cometiendo un error.

Que tengan buena semana.


¡Ah, ya son míos esos británicos!

Napoleón al saber que los británicos se detenían para luchar en Waterloo.




Dedicado al artillero Enrique García Rivero, abril 2013


Artículo patrocinado por LA CASA DEL RECREADOR. Material de reconstrucción histórica.