28 abril 2013

LAS DECISIONES DE NAPOLEON



¡Ah, ya son míos esos británicos!


En varias ocasiones hemos hablado de los líderes de la Historia como el mejor tipo de ejemplo para nuestra educación como directivos y empresarios. Quiero no obstante aquí destacar que dichos personajes no fueron la perfección personificada, que su vida y obras no supusieron el acierto constante sino una lógica sucesión de éxitos y fracasos. Que su brillo en la Historia se atribuye con frecuencia a una inacabable sucesión de felices decisiones pero que en realidad ninguno de ellos rozó siquiera la perfección. Y que por tanto y afortunadamente, podemos aprender de ellos una doble lección: la de su genialidad y la de sus miserias. Ambas facetas coexisten en el genio como en cualquier persona. Y nuestra misión como dignos aprendices es la de obtener las mejores conclusiones de sus aciertos y de sus errores, reconociéndoles como personas corrientes como nosotros. El valor del error como fuente de conocimiento e inspiración se suele subestimar a la hora de la formación.

Propongo aquí como ejemplo paradigmático a Napoleón Bonaparte. Sobre todo, porque la mayoría de la literatura sobre el mismo se dedica a glosar su vida y milagros de manera sistemática, perdiendo a veces de vista el lado más oscuro de los errores de este gigante, de los que podemos aprender tanto o más como de sus aciertos. 
Idilica visión de Napoleón cruzando
los Alpes hacia su campaña de Italia

 Napoleón fue un gran reformador y un líder carismático. Nacido francés en una provincia periférica y recién anexionada como Córcega, su familia ni siquiera procedía de Francia sino de Italia, siendo bautizado por sus padres con el nombre de Napoleone Buonaparte. Hecho a sí mismo, se colgó sus galones a base de estudio, dedicación y valor, ganándose una meteórica carrera en el ejército y una bien merecida fama durante los años de la Revolución, como sus destacadas acciones durante el sitio de Tolón por parte de España e Inglaterra, entonces aliadas.

Vino a poner orden en el caos que sucedió a la Revolución y terminó con los bandazos políticos y la ingobernabilidad que habían traído la Asamblea, la Convención y el Directorio. Su Consulado y luego su Imperio aportaron a Francia la tranquilidad que necesitaba tras una década de convulsiones políticas y sociales. Reformó y modernizó el sistema legislativo con la codificación de leyes que perduran hasta nuestros días. También reorganizó el Ejército, descabezado tras las purgas revolucionarias, aplicando en el mismo los principios de competencia e igualdad de oportunidades predicados por el nuevo régimen, lo cual dotó a la Grand Armee de una joven, preparada y motivada cadena de mando. Los nuevos sistemas fiscales y de aduanas permitieron un saneamiento de las finanzas públicas, el comercio floreció antes del bloqueo y París se convirtió en la ciudad más importante y poblada de Europa. Tuvo el buen juicio de no despreciar todo lo que heredó, costumbre de malos líderes anteriores y posteriores. Por ejemplo, aprovechó el servicio militar obligatorio implantado por Robespierre o el sufragio universal. También supo ganarse a un tiempo a facciones disidentes entre sí, convirtiendo su figura en el punto de convergencia de republicanos, católicos y realistas, hasta el punto de ser capaz de desplazar a un rey Borbón como quién aparta a una mosca, con su inesperado regreso de Elba y su Imperio de los Cien Días.

El joven Capitán de Artillería Bonaparte


En definitiva, Napoleón fue un hombre excepcional, hecho a sí mismo desde la nada. Fue el hombre del momento, que tuvo el liderazgo y habilidad suficientes para elevarse sobre la mediocridad imperante. Supo rodearse de personal competente y esto le atrajo la suerte en aquellos momentos en que la necesitó. A todos ellos supo motivarles y premiarles justamente según su competencia, lo que le granjeó  lealtades inquebrantables. Y su fuerza, su inagotable energía y determinación hicieron que su nombre retumbara en la historia de Francia y del mundo por encima de los que le acabaron venciendo en el campo de batalla. Y esto dice mucho.

Pero no es oro todo lo que reluce. Si he elegido a Napoleón para mi análisis es porque desde siempre me ha llamado la atención sus recurrentes y garrafales errores y no menos la indulgencia o la ceguera de biógrafos  e historiadores a la hora de pasar de puntillas sobre ellos cuando no al sencillamente ignorarlos. Parece ser que el brillo del nombre de Napoleón es tan grande que con frecuencia los analistas se dejan deslumbrar por él a la hora de interpretar sus acciones sobre el campo de batalla, razonando inexplicables errores con alguna excusa que los justifique o disculpe adecuadamente.

La historiografía oficial califica a Napoleón como genio militar. Sin embargo es en esta materia donde más errores cometió, tanto en el aspecto táctico como en el estratégico. Veamos.

Errores estratégicos: a grandes males, grandes remedios.

·        ¿Fue una genialidad estratégica lanzar la excesivamente cara y agotadora  campaña de 1812 contra Rusia? Para entonces ya se sabía que Rusia tenía una extensión territorial inmensa, con unas fronteras que nunca habían sido asaltadas desde las guerras con los polacos. Su desatino estratégico le llevó a reunir a más de 200.000 hombres para desplegarlos en un escenario de operaciones excesivamente largo en el tiempo y el espacio. Se vio obligado a repartirlos en una línea de suministros demasiado alargada y vulnerable que partía de Prusia y llegó hasta Moscú. Y no comprendió que, a efectos estratégicos, una derrota táctica supone la victoria. El Zar Alejandro sí que lo entendió perfectamente y no empeñó su ejército en defender Moscú, para desesperación de Napoleón.

Solo 58.000 sobrevivieron a la retirada de Rusia en 1812


Los defensores de Napoleón argumentan que Rusia estaba preparando una invasión de Prusia y Baviera, y que Napoleón debía adelantarse para ganarle la mano a Alejandro. Dicen que la frágil y costosamente ganada alianza de Prusia podía cambiar de color si Rusia se movilizaba contra Francia. Esto podía ser cierto, pero no sirve de excusa, habida cuenta de lo inabarcable del objetivo, sobre todo si tenemos en cuenta que Napoleón estaba acostumbrado a hacer picadillo a ejércitos rusos deambulando por Europa. Una adecuada preparación defensiva y vigilancia en Prusia podría haber resultado mucho más económica y efectiva.

Ni que decir tiene que la conformación del ejército de invasión se hizo a costa de retirar muchas tropas de otros escenarios sensibles como España, donde los aliados lanzaron la campaña de 1812 que conllevó a la victoria de los Arapiles o Salamanca, abriendo las puertas de Madrid y la victoria final.


Aquella maldita guerra de España.

·        ¿Qué de acertado fue convertir en mayo de 1808 a un aliado como España en un enemigo que le desangró lentamente? Que no fue una buena idea se demostró pronto, ya que en julio de ese mismo año, el ejército español mandado por Castaños y Reading machacó al ejército francés de Dupont en  Bailen. Tan grande fue el desastre que José Bonaparte recoge los bártulos y abandona Madrid donde no le había dado tiempo ni a calentar el asiento, obligando a su hermano Napoleón a venir en persona y a invertir aquí muchos más recursos de los que imaginaba. España pasó de ser un sumiso vecino a ser un fiero enemigo y la puerta trasera de Francia. Un escenario en el que tuvo que afrontar la alianza de los ejércitos inglés, portugués y español hasta la aplastante y humillante derrota francesa de Vitoria. Napoleón describió en sus memorias a esta guerra peninsular como la úlcera española, lo cual teniendo en cuenta que su úlcera de estómago (natural o propiciada por arsénico) era lo que más padecimientos físicos le dispensó al final de su vida, podemos medir cómo de arrepentido se sintió de aquella decisión.

·        ¿Fue un acierto estratégico arruinar la economía de Francia y sacrificar a dos generaciones de jóvenes en interminables y sangrientas guerras? Para cuando la campaña final de 1815 estaba a punto de comenzar, gran parte de las nuevas levas de Napoleón estaban compuestas de jóvenes bisoños y sin experiencia, que no fueron la mejor opción para las acciones de Quatre Bras, Ligny, Wavre y Waterloo, como demostró la ligereza que tuvieron muchos regimientos para darse la vuelta y correr. Tras la derrota en los campos belgas, la industria y el comercio estaban abandonados y Francia quedó sumida en una crisis económica que la apartó del escenario europeo a favor de Inglaterra y Austria durante todo el primer tercio del siglo XIX.

·        ¿Fue acaso su desprecio hacia la marina de guerra una estrategia inteligente? En este aspecto Napoleón, como artillero de carrera, siempre se quejó amargamente de que un navío de línea contara con más cañones que cualquiera de sus ejércitos y de que requerían unos recursos económicos que estaban mejor empleados en tierra (por él, claro). Además nunca llegó a entender del mar, sufriendo ataques de ira cuando algún almirante cuestionaba sus órdenes de mover su flota de A hasta B en el tiempo asignado. Nunca llegó a comprender que en el mar las órdenes siempre tenían un “depende” en función de los vientos y los azares náuticos. No tuvo interés por conservar el imperio colonial francés y después de la batalla de Abukir, donde Nelson le hundió la flota que llevó su ejército a Egipto, perdió toda confianza en la gente de mar. Por último, tampoco echó demasiado en falta su escuadra perdida en Trafalgar (junto con la española), casi respirando aliviado al poder movilizar por fin a su querido ejército acantonado en Boulogne con destino a la exitosa campaña de finales de 1805, en las que derrota a todo bicho viviente en Ulm, Viena y Austerlitz. Sin embargo, este menosprecio por la marina le traería a la larga nefastas consecuencias, al permitir a Gran Bretaña establecer el bloqueo de su comercio además de facilitarle desembarcar sus ejércitos en Portugal para atacarle primero en España y posteriormente en Bélgica en la campaña de 1815.
  

Errores tácticos: muchos pocos hacen un mucho.

Es cierto que Napoleón era capaz de realizar maniobras tácticas sorprendentes, que sus ejércitos marchaban a la velocidad del rayo y que manejaba el engaño como un maestro. Por estas cualidades era conocido y temido. Su maniobra en Austerlitz se enseña todavía en las escuelas militares como ejemplo de astucia y acierto militar. Mucho criticó la prensa inglesa a Lord Wellintong  por fijar una gran cantidad de tropas en Hal para fortalecer su flanco derecho temiendo un movimiento francés de esta clase en la jornada de Waterloo. Movimiento que nunca llegó por ese sector. Y nunca llegó porque a Napoleón la maniobra que más le gustaba, la que le ponía de verdad, era el ataque frontal directo, es decir, ninguna maniobra en absoluto. La misma maniobra que cualquiera sin entendimiento militar llevaría a cabo. ¡De frente, ar!. Más o menos.
La maniobra frontal en Waterloo

·        El ejemplo mas palmario es desde luego Waterloo, donde Napoleón ataca de frente a los británicos que ocupaban una posición defensiva de libro, sobre una suave colina, con el suelo empapado por la lluvia y con tres granjas al comienzo de la pendiente que habían convertido en bastiones. Nada mas desaconsejable para atacar a un general como Wellintong que  era famoso por ganar luchando a la defensiva. Pues aquí tenemos a Napoleón ordenando el ataque frontal a las granjas, donde desde luego se estrellaron sus regimientos. Ordenando una extemporánea e inútil carga de caballería donde sus escuadrones se estrellaron con los disciplinados cuadros británicos. Situando a su artillería para disparar a un ejército inglés que permaneció casi todo el tiempo a cubierto tras la colina. Parece ser que Napoleón había faltado a clase el día que explicaron estas cosas ni había leído que los suelos embarrados siempre favorecen al defensor, como sucedió en Azincourt.




Posteriormente Napoleón se excusó diciendo que él no había ordenado la carga de caballería y es posible que así fuera, a la luz de los indicios. Pero aunque así fuera, su responsabilidad en la derrota está fuera de toda duda por lo inadecuado del planteamiento táctico de la jornada. La prisa razonable que podría tener en neutralizar a los británicos antes de que recibieran refuerzos de los prusianos no es más que una excusa barata para tapar un error con otro error, pues si los prusianos llegaron al campo de batalla con tiempo de resultar decisivos fue por los errores previos de Napoleón al localizarlos y destruirlos.

·        Pero también realizó ataques frontales con anterioridad aunque no le llevaran a una derrota. Como por ejemplo en Borodino durante la campaña de Rusia, donde avanzó frontalmente sin más sobre una sólida posición que los rusos se habían llevado fortificando una semana. Esta batalla pasa por ser una de las mas sangrientas de las Guerras Napoleónicas. Las estimaciones elevan las bajas francesas a 40.000, lo cual supone un 20% (¡¡) de su ejército de invasión, algo completamente inaceptable.
 
Visión artística de Napoleón en Borodino
Como siempre la disculpa del historiador llega oportunamente. Cuentan que aquel día Napoleón no dirigió la batalla pues padecía fiebres reumáticas, quedando la dirección a cargo de sus mariscales, principalmente Murat. Que Murat era un mendrugo lo sabe todo el mundo, y de estar al mando habría hecho lo que mismo que su Emperador. De todas formas, Napoleón acostumbraba a abroncar furiosamente a cualquier subordinado que metiera la pata, como hizo con Ney tras Quatre Bras acusándole de haber traído la ruina a Francia por dejar escapar a los británicos. Sin embargo, tras Borodino ningún mariscal sufrió reprimenda alguna, lo cual nos indica que Napoleón en persona dirigió las operaciones aquel día. Tampoco ninguna supuesta enfermedad era razón suficiente para apartar a Napoleón de la dirección de una batalla importante: todo el mundo sabe que en Waterloo padecía una dolorosa cistitis y que los dolores de estómago le impedían descansar con normalidad casi siempre.

·       Otra ocasión en la que Napoleón ganó una batalla atacando a lo burro fue Somosierra, en 1808. Tras derrotar a un ejército español en el norte, los franceses acometían el último bastión defensivo nacional antes de Madrid. Las fuerzas españolas, comandadas por el general Benito San Juan, habían establecido una posición prácticamente inexpugnable en el camino de ascenso al puerto y a la salida de un puente que era necesario atravesar si quería forzarse el paso. Como siempre, durante toda la mañana los franceses trataron de avanzar por el puente y el empinado camino, ofreciendo un blanco excelente a la bien servida artillería española. Tras toda una mañana jugando a hacer carne picada con las columnas francesas, las baterías españolas fueron finalmente tomadas por una carga de los jinetes polacos al servicio de Napoleón, en una acción tan suicida como afortunada. Todo ello a un coste tremendo en vidas humanas, cuando posiblemente, con un poco de paciencia, la posición española podría haber sido flanqueada de aplicar la presión suficiente en los sitios adecuados.
Carga de los polacos en Somosierra

Como vemos, los  errores militares de Napoleón no son solo evidentes en las derrotas sino también en las victorias, algunas de las cuales se debieron a un inesperado golpe de suerte. Napoleón se preocupaba por la suerte. Siempre la consideró un factor decisivo. Se consideraba a sí mismo como un general con suerte. Tanto es así que cuando le proponían alguna nueva promoción a general siempre hacía la misma pregunta sobre el candidato ¿y… tiene suerte?

·      La suerte le salvó en Marengo (1800) donde una oportunísima explosión de un carro de munición enemigo junto con la sorpresiva carga de caballería dirigida por Kellerman sobre el flanco de un vencedor ejército austriaco que marchaba en columna convirtió una derrota certificada en una victoria aplastante sobre una sorprendida infantería que no paró de correr hasta Viena.
·        Y como vimos más arriba la suerte le salvó en Somosierra donde la valiente carga por parte del Tercer Escuadrón del Regimiento de Caballería Ligera Polaca de la División de Caballería de Lasalle, desbarató la posición de las baterías españolas que habían causado muchas bajas francesas gracias al nefasto planteamiento táctico de Napoleón. 


La peor decisión: divide y perderás, Waterloo 1815

Napoleón se presentó en Waterloo sin un tercio de su ejército. ¿Por qué dividió sus fuerzas? Veamos.
 
Sir Arthur Wellesley
I Duque de Wellintong
Tras desbaratar a los prusianos el 16 de junio en Ligny, Napoleón no envía a Grouchy (que tampoco era rápido) con unos 30.000 hombres en  persecución de Von Blücher hasta 24 horas después, primer retraso fatal que permite a los prusianos poner tierra de por medio y les da tiempo para reorganizarse. Cuando lo hace, le dirige hacia el Este temiendo que el enemigo se reagrupe a su retaguardia y no hacia el Norte, que era donde verdaderamente habían ido los prusianos para mantener las posibilidades de unirse a los británicos. Esto hizo que Napoleón dividiera sus fuerzas abrumadoramente en un esfuerzo inútil. ¿Por qué desprenderse de 1/3 de sus hombres cuando no contaba con información sobre la ubicación en el mapa de uno de sus enemigos? Para localizar a los prusianos habría sobrado con destacar una brigada de caballería en un abanico de cobertura de 90º. Napoleón sufrió uno de sus típicos errores de percepción: no buscaba localizarlos, buscaba aniquilarlos pues en su mente ya los tenía localizados hacia el Este, corriendo hacia Berlín, donde precisamente no estaban.

Como todos sabemos, llegada la tarde del día 18, los prusianos se presentaron en Waterloo para desmoralización de los franceses, cuyo emperador deambulaba gritando ¿Dónde está Grouchy?
  


Aprendamos lecciones de las buenas y malas decisiones. Y no olvidemos nunca que el error en una mala decisión no debería abocarnos siempre a un desastre de irremediables consecuencias. En la mayoría de las ocasiones, una mala decisión nos situará en una situación difícil pero que de entrada cuenta con una ventaja sobre la anterior: ya sabemos en qué fallamos. Y al cabo estaremos ante un nuevo escenario y una nueva decisión que tomar.

Y para terminar sepamos que los errores no son patrimonio nuestro y que pueden cometerse por cualquiera. Tengamos en cuenta la enseñanza que Napoleón nos dio en Austerlitz mientras observaba con su catalejo a los rusos bajar de la colina de Pratzen: Nunca interrumpas al enemigo cuando está cometiendo un error.

Que tengan buena semana.


¡Ah, ya son míos esos británicos!

Napoleón al saber que los británicos se detenían para luchar en Waterloo.




Dedicado al artillero Enrique García Rivero, abril 2013


Artículo patrocinado por LA CASA DEL RECREADOR. Material de reconstrucción histórica.
 








29 marzo 2013

UN PENSAMIENTO ALEGRE, Y VOLARÁS



Si naciera de nuevo viviría de manera diferente porque que he dedicado más del 80% del tiempo a prepararme para problemas que nunca se presentaron.


Escuchar la radio o ver la televisión en estos días supone la receta directa al hundimiento moral. Especialmente las noticias de tipo económico se empeñan en desmoralizar al personal. La selección de palabras y términos se hace por parte de los medios con cuidado método para transmitir siempre aquello que algo o alguien ha mandado: el pesimismo.

James Matthew Barrie creador de Peter Pan


Las noticias sobre los movimientos de la Bolsa son un claro ejemplo. La Bolsa, como todo mercado, tiene una evolución de subidas y bajadas, que todo experto conoce, siendo este patrón de comportamiento en dientes de sierra el que le otorga esa capacidad de generar pérdidas y ganancias notables a quién tenga el valor o la suerte de apostar por el valor adecuado en cada momento. Uno, que sabe cómo funciona la Bolsa, piensa que si los mercados solo hubieran respondido según las noticias, hacía tiempo que ya estarían en valor cero.

Fíjense, en un entorno de difusión del pesimismo, los medios hablarán de una bajada en la Bolsa como batacazo, desplome, caída libre, crack. Si un día sube: rebote (es decir nada destacable).

Sin embargo, en el extraño caso de que el medio en cuestión quiera transmitir optimismo, se hablará de euforia y confianza en caso de subida. En caso de caída se dirá simplemente, retirada de beneficios.

Por cosas como esta quería escribir este artículo, por si humildemente sirve de algo para sobrevivir en este entorno tan hostil de pesimismo y manipulación.


Ostensiblemente un entretenimiento
vacacional para niños pero en realidad
 Peter Pan es una obra para
personas adultas.
George Bernard Shaw

Cuando en 1904 James Matthew Barrie estrenó su obra de teatro Peter Pan no podía imaginar que lo que en principio seria la secuela teatral de su novela El pequeño pájaro blanco se acabaría convirtiendo en una obra mítica, con unos personajes que le sobrevivirían y cobrarían vida eterna. Barrie pudo ser un novelista y dramaturgo notable pero nunca recibirá la gloria que se mereció por la creación de una obra que encierra mucho más valor y mensaje del que parece.

En la obra original como en la multitud de secuelas que dieron comienzo a manos del propio Barrie, se sostiene que los niños antes de nacer son aves y por ello pueden volar.

¿Qué es volar entonces? ¿En qué consiste alzar el vuelo y surcar el aire hacia dónde queramos? ¿Cómo traducir, cómo descifrar el mensaje oculto entre las líneas de Peter Pan? Humildemente he intentado poner en forma de decálogo las conclusiones que podemos sacar de esta bella obra.

1.    El optimismo es la clave. La forma de ver la vida, de nuestra perspectiva y punto de vista hacia una realidad objetiva. El empeño voluntario por ver siempre la botella medio llena supone el valor de valores, el vaso, el contenedor del resto de virtudes que abrillantarán nuestro carácter, nuestra salud y nuestras relaciones con los demás. Todo, es decir, todo, tiene su lado positivo y negativo, nosotros elegimos con qué nos quedamos.
2.   Atrévete, se valiente, deja atrás las convenciones y las normas sociales establecidas. Es más, desafíalas, rebélate contra ellas y rómpelas pues no las crearon los niños sino adultos llenos de miedos por tantos y tantos fantasmas. Busca tu propio destino pues la vida es la que es y no durará ni un minuto más aunque sacrifiques tus sueños. Si tienes que cortarle la mano al Capitán Garfio, córtasela con fiereza y dásela de comer al cocodrilo.
3.    Vive despreocupadamente. No estés siempre previendo problemas, no te pases la vida previniendo dificultades o poniendo parches. Prepara tu mente para ocuparse de los problemas que vayan surgiendo pero no para anticiparlos en un continuo plan de contingencia o evacuación.  No le des demasiada importancia a las cosas de gran importancia (proverbio oriental).
4.    Evita a las personas víricas, tóxicas, quejosas y pesimistas. Son muy abundantes, permanece alerta.  Drenarán tu energía, para vampirizarte unas veces, otras veces para desgastarte involuntariamente. Si no puedes evitarlas en el corto plazo, al menos identifícalas y envuélvelas en un celofán imaginario para que no te afecten. Cuando te relaciones con ellas, ya sabrás a qué atenerte y tu trato con ellas será mucho más saludable, maduro y positivo (para ellas también).
5.    Aprende a reconocer las fuentes de miseria y pesimismo. Especialmente los medios de comunicación. Selecciona lo que ves, lees o escuchas. Si nada en la radio te anima, escucha música. Si la prensa es la que es, ahórrate el euro del periódico, lee libros que te gusten. Puedes estar informado seleccionando noticias en internet y creando alertas en buscadores para crear tu extracto diario de noticias.
6.    Escucha a tu niño interior, te alertará cuando algo le impida volar. Si algo o alguien no te merece confianza, no te empeñes. Seguramente no esté hecho para ti. Deja pasar las personas o cosas que no te transmitan buenas vibraciones. Vendrán otras. Si algo te gusta persíguelo, te llevará lejos.
7.    Aunque seas consciente de todo esto, no rodees de alambre de espino tu corazón. Prefiere siempre ser traicionado a aislarte, prefiere equivocarte con las personas antes que renunciar a la amistad o al amor. Si alguien te decepciona siempre habrá algo bueno que sacar y somos libres de aprender y apartarnos de quién nos devuelva mal por bien. Apuesta por amar siempre.
8.    No te acomodes, o mejor dicho, acomódate en el cambio. La vida es una sucesión continua de cambios, de mudanzas. Esto no significa que seas un veleta o inconformista enfermizo. Supone tan solo entender que el universo y la vida no está hecha a nuestros gustos o creencias, sino que sigue su propio devenir y cambio perpetuo. Fluye con ella, mírate a ti mismo como parte del ciclo eterno de la naturaleza. Antes de Peter Pan, ninguna niña se llamaba Wendy. Hoy millones de mujeres en el mundo llevan su nombre.
9.   No te lamentes. Ni siquiera cuando fracases o afrontes dificultades. No necesitas transmitir lo mal que te va o lo fatal que te encuentras. Esto no es solo una medida para no convertirse en persona vírica. Es una medida de anular al mayor enemigo que tienes para conseguir tus metas, tú mismo. Recuerda que como dijo Henry Ford “ Tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto.". Si consigues dejar de quejarte habrás puesto la primera piedra de tu felicidad.  
10.  No pongas tu confianza en idearios políticos, sociales o religiosos. Moldea tus propias creencias en tu vuelo. Aprende continuamente, desconfía de toda religión o dogma que te enseñaron de pequeño. Pon tu confianza en tus sentidos y en tus experiencias. No creas en nada porque te lo hayan contado. Aprende y ten respeto por las religiones, pero no sigas ninguna. Los mitos o fantasías son solo eso, por más que estén  escritos en libros antiguos, las crean millones o compongan historias preciosas. No puede vivirse siempre en el país de Nunca Jamás. Hay que volar en el mundo real. No necesitas dioses para hacer el bien a los demás.

Y no quiero dejar de recordarles una de mis frases favoritas aunque esté muy comentada y gastada: Como no sabían que era imposible, lo hicieron.

Que tengan buena semana.




Si naciera de nuevo viviría de manera diferente porque que he dedicado más del 80% del tiempo a prepararme para problemas que nunca se presentaron.

Jorge Luis Borges

18 marzo 2013

TU SPA EN EL SALON



El agua es la fuerza motriz de toda la naturaleza



Mis padres me regalaron mi primer acuario cuando yo tenía 14 años. Aquel día de primavera, al volver del instituto San Jerónimo, donde cursaba mi primer curso del antiguo BUP, lo encontré en mi cuarto, sobre una vieja mesa de televisor. Era un acuario de segunda mano que le vendió a mi padre un cliente del comercio donde trabajaba. El aficionado deseaba deshacerse de un viejo acuario de 50 litros por un módico precio. Mi padre lo trajo a casa con gran esfuerzo pues aquellos acuarios antiguos eran de hierro cromado, durísimos y pesados, y mantenía la arena y algo de agua en el fondo, un agua marrón y sucia en la que venían, casi tumbados, dos guramis dorados.

Aquel acuario, mi primer acuario, fascinó mi mente de adolescente. Cuando lo llené de agua, me pasé un día entero mirando a través de aquel viejo cristal. Aquellos dos pececitos color naranja, que parecían respirar aire en pequeños sorbos, estimularon mi curiosidad por conocer más del mundo subacuático. A partir de entonces y durante casi 30 años, he ido progresando en esta maravillosa afición con la obligada compañía de mis modestos presupuestos, tiempo y conocimientos. Este hobby tan apasionante llevó a mis manos con 15 años un libro que aún conservo, El Acuario del belga Henri Favré, publicado en 1968. Esta edición es hoy todo un clásico y el ejemplar original se conserva como sagrada reliquia en mi biblioteca de acuariofilia. Hoy sus amarillentas páginas todavía proclaman su actualidad con párrafos antológicos que han pasado a la historia de esta noble afición:

Aparte de su reconocido valor decorativo, nada hay más sedante para la vida inquieta de nuestros días que la contemplación de esos pequeños seres, ora estáticos y apacibles, ora presa de súbita agitación, que tejen y destejen incansablemente sus ágiles arabescos con la gracia y precisión de una exquisita coreografía acuática.

Nada más cierto. Los valores de tener un acuario en casa, de conservar y cuidar un trozo de naturaleza subacuática en nuestro hogar aún no son del todo valorados por nuestra sociedad:

ü  Nada mejor que un acuario en casa para instruir a nuestros hijos en los valores del cuidado del medio ambiente y el respeto a la vida animal y vegetal.
ü  Está demostrado que la contemplación y cuidados de un acuario reducen el estrés, la tensión arterial y relajan la mente, contribuyendo a la mejora de las defensas y a alcanzar la paz y la armonía interior.
ü Las consultas médicas y de psicología más renombradas, incluyen la Acuarioterapia como herramienta terapéutica contra trastornos de ansiedad, insomnio, depresión y otras patologías musculares o cerebrales. Su efecto positivo en pacientes con Alzheimer está siendo aprovechado en otros países de gran tradición acuarística, como Alemania u Holanda. Su instalación en salas de oncología infantil supone un entretenimiento feliz que ayuda a la recuperación de los niños internados.
ü  El efecto relajante y sedante de los acuarios se aprovecha en países como Estados Unidos o Australia para localizarlos en salas de espera de consultas médicas en las que el paciente suele acudir con nerviosismo o estrés, tales como dentistas o ginecólogos. Se ha comprobado que el o la paciente que tiene la oportunidad de contemplar un acuario entra a la consulta mucho más tranquilo que los que han esperado sin ningún acuario a la vista.
ü  La contemplación y escucha del fluir del agua se ha relacionado desde la antigüedad con la paz y el equilibrio. En este aspecto se tiene constancia del mantenimiento de los primeros acuarios en China en el siglo VIII a.C. y en España se han desenterrado estanques de la época romana situados en los patios de las casas de ciudadanos pudientes. El Feng Shui se apoya en los acuarios para la canalización de las energías positivas en los hogares.


Esta relación no es más que una pequeña reseña de las ventajas que supone iniciarse en esta pequeña gran afición. Y contra ella no se argumentan más que supersticiones tales como la de que los acuarios traen mala suerte. Nunca he tenido claro el origen de tan absurdo mito, aunque rebuscando aquí y allá me inclino por la versión que relaciona su origen con el símbolo de los primeros agitadores cristianos. Estos utilizaban en griego la palabra ichthys que significa pez, y que también es un acrónimo que proviene de las iniciales de ΙΗΣΟΥΣ – ΧΡΙΣΤΟΣ – ΘΕΟΥ – ΥΙΟΣ – ΣΩΤΗΡ, algo así como Jesús Cristo Hijo de Dios y Salvador. La intolerancia, fanatismo y falta de respeto a la libertad religiosa del Estado que mostraban los cristianos y los consiguientes conflictos sociales y sanciones legales contra ellos, pudieron tener que ver con que se generase cierto rechazo a toda imagen del pez. Sin embargo, como todo mito, no puede asegurarse su veracidad de manera científica, quedando todo en el marco de la conjetura histórica y antropológica.

No quiero terminar sin recordarles que en Sevilla, los valientes miembros de la Asociación Acuariófila Sevillana ASAS, de quien tengo el honor de ser miembro, son el exponente activo y real de la afición en la ciudad. Una organización sin ánimo de lucro que viene trabajando desde hace 13 años contra todo tipo de dificultades a favor de la conservación y difusión de este bella afición. Pueden ustedes saber mas en www.acuasevilla.com.

Atrévanse a tener su SPA (Salus per aquam) en el salón. 

Que tengan buena semana.




El agua es la fuerza motriz de toda la naturaleza
Leonardo da Vinci (1452-1519)






11 marzo 2013

EL SECRETO ESTA EN LA ACCION



¡Déjese de teorías y vaya a por ellos!



En varias ocasiones, desde este foro personal he intentado transmitir el valor intrínseco de guiarse por una serie de principios vitales, tanto para la vida personal como para la profesional. Sin embargo, nadie que decida ser tan fiel a sus principios en el seno de su empresa debería desdeñar la posibilidad de que por tan noble determinación acabe dando cualquier día con sus huesos en la calle. Y mi caso fue uno de tantos: una gris mañana de otoño mis principios y yo fuimos invitados a salir por la puerta, eso sí, con la cabeza alta, como Tercio en las ciénagas de Flandes, con pabellón desplegado, mechas encendidas y redoble de tambores. No me arrepiento de  haberme arrimado toreramente a este trance, entre otras cosas, por irredento seguidor de Sun Tzu y su maravilloso mandamiento de Si es seguro que la batalla resultará en victoria, deberás luchar aunque el líder lo prohíba; si la batalla no resultará en victoria, no deberás luchar, aunque lo pida el líder.


Es mejor estar presente con 1.000 que ausente con 10.000
Gengis Khan, caudillo Mongol

Y he aquí, una vez afiliado a la mayor empresa de España, que descubrí que no había hecho demasiados planes de contingencia. O mejor dicho, todos los que había hecho eran el mismo: esperar a encontrar un nuevo empleo. Dedicarme a solicitar aquí y allá los puestos que me parecieran interesantes. Tenía cierta confianza en mí mismo y en lo que por aquel entonces me parecía el plan de acción más lógico para un directivo bien formado y súbitamente desempleado.

Sin embargo, más o menos conscientemente, en aquellos primeros días pecaba gravemente contra el séptimo mandamiento de los Cinco Anillos que manda Comprende lo que no puede verse con los ojos. Y no menos contra el sexto del Camino de la Autoconfianza, que sencillamente prescribe No te lamentes. Así que, paternalmente amonestado desde el más allá por el maestro Musashi, un buen día y de rebote tuve la oportunidad de asistir a una sesión introductoria al coaching ejecutivo.

Y confieso que, mucha cultura, mucho estudio y mucho leer, pero aquel día no habría sabido explicar qué diablos era el coaching. Y como sabiamente dijo Engels, lo que no se sabe explicar, es que no se sabe. Es decir, que ni idea de lo que era el coaching.


Es mejor obrar rápido y errar que esperar
hasta que ya no pueda hacerse nada.
Carl von Clausewitz, militar prusiano

Tras aquella toma de contacto, y por aquello de intentarlo, siguió una sesión en serio. Y tras esta, otras seis que cambiaron mi vida y mi perspectiva.

Descubrí en ellas lo mejor de mí mismo. Adquirí una visión diferente, ampliada y positiva de mi situación y mi entorno. Me doté de unas herramientas que multiplicaron mi potencial profesional y afloraron lo mejor de mis cualidades. En mi interior, ordené multitud de conocimientos y anhelos hasta entonces inconexos, que brillaron al fin como objetivos claros y definidos. Me enfrenté a mis miedos, a mis prejuicios y a mi victimismo, allanando el camino a la aventura y a la acción. Pasé de mi zona de confort a mi zona mágica, donde descubrí el color en mi Pleasantville. Di un sentido a mis sueños de niño. Identifiqué el inicio del camino a la felicidad, la cual estaba esperando tan solo que diera el primero de los pasos de mi viaje de mil leguas.

Me di cuenta de que, aunque el riesgo sin talento es peligroso, el talento sin riesgo es un desperdicio. Desperdicio de tiempo, de dinero y al cabo de la única vida que nos ha sido dada. Merece la pena aprender para aplicar los conocimientos en la vida y el trabajo, pero no hasta el punto de que el conocimiento te bloquee por un exceso de prudencia o de reflexión.  Descubrí que todo estaba escrito, que lo había leído todo hacía tiempo. Pero que no lo había interiorizado, que solo ahora le deba sentido a la máxima del Hagakure que dice En el campo de batalla, cuando se empieza con prudencia, no se acaba nunca. No se rompen las líneas enemigas a base de prudencia. Solo ahora tantos y tantos conocimientos cobraban sentido y encajaban como las teselas de un enorme y dorado mosaico bizantino. Y decidí dar el salto al vacío, hacer aquello de lo que mi hijo se sentirá orgulloso algún día.


¡Movimiento, movimiento, movimiento!
Federico Gravina, marino español

Les animo desde aquí, a que apuesten por el coaching, que es lo mismo que decir que apuesten por sí mismos. Acercarse al coaching es de esa clase de cosas cuya necesidad no percibimos en la vida diaria, pero que, una vez probadas, se nos revelan de tal importancia y valor que desearíamos haberla descubierto antes. Les recomiendo que apuesten por descubrirse a sí mismos, merecerá la pena. Por mi parte yo voy a arriesgarme a salir, como Don Quijote, que sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día (que era uno de los calurosos del mes de julio), se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuanta facilidad había dado principio a su buen deseo.

Que tengan buena semana.

  

¡Déjese de teorías y vaya a por ellos!
Horatio Nelson, Almirante Británico
(Burnham Thorpe 1758 – Trafalgar 1805)