22 marzo 2015

UN BALAZO PARA VIVIR



Que es la luna donde el destino quiso
que mi alma torturada hallara el paraíso.
Puede que allí me esperen, si es cierto lo que creo,
el alma de Pitágoras, o la de Galileo.


Aquellos dos arcabuzazos en el pecho no iban a arruinarle el día,… como pudo comprobar el turco al que acababa de saltar los dientes con la rodela. 

Con 24 años, Miguel creía que su vida estaba encarrilada. Había estudiado gramática y arte dramático en su patria. Después tuvo que quitarse de en medio, irse a Italia una temporada, a ver si se calmaba la cosa, después del episodio en que dejó mal parado al rufián que se atrevió a mentarle a la madre. Allí, entre Roma y Nápoles, se había interesado por la poesía y la narrativa, además de empaparse de mitología y sabiduría clásicas, gracias a los muchos textos antiguos accesibles allí, gracias a la imprenta. Pero pronto dejó aquellos cantos de sirena literarios, para descubrir la interesante vida de soldado. Una emocionante vida que había dado con sus huesos allí, en el culo del mundo, en la boca del lobo otomano, embarcado en una galera, que se llamaría Marquesa, pero que se había movido como una ramera desde que salieran de Mesina. 

Llevaba dos días con fiebre y su capitán le había librado de servicio. Pero él no quería perderse aquel espectáculo por culpa de una enfermedad. Además, no estaba dispuesto a permitir que se dijera que permaneció abajo, con la chusma, mientras sus camaradas dejaban la piel en cubierta y hacían dejarla al enemigo. 

Y no le había ido mal del todo aquella mañana, a pesar de la fiebre y de los 120.000 turcos que querían matarle. El peto de hierro y el chaleco de algodón prensado habían restado suficiente fuerza a los pelotazos de arcabuz que le habían alcanzado en el pecho. Le dolían tremendamente, pero ya habría tiempo de curarse esas heridas, ahora estaba ocupado, pasando de parte a parte al turco que había descuidado la guardia, tratando de contenerse la hemorragia de la boca. Una boca de la que, entre borbotones de sangre, salieron unas últimas palabras en el idioma de la Sublima Puerta.

Galera Real (replica) Museo Naval (Barcelona)
Pero, lo que son las cosas, no acababa de sacar la hoja de la barriga de aquel jenízaro, cuando la rodela le salía volando del brazo con un estruendo metálico. Nada extraño por otra parte, si dedicas la mañana a abordar una galeota turca en pleno golfo de Lepanto. Se revolvió alzando la espada, pero junto a él no encontró más que cadáveres. Los españoles se ocupaban de la matanza, excepto algunos que abrían las portas de las bodegas, para liberar a los infelices cautivos que estaban al remo. Más allá, en el centro de la formación, unas galeras del Papa auxiliaban a la Real y, entre el humo, le pareció ver que la capitana turca estaba arriando el pabellón. Esto marcha, se dijo. Allí en el suelo estaba su rodela, y la habría embrazado, como de costumbre, de no ser porque su brazo izquierdo no obedeció la orden de abrir la mano. 

Con la calma de un joven inconsciente, Miguel de Cervantes clavó su espada en la cubierta y examinó su brazo izquierdo casi destrozado. Inerte, su mano chorreaba sangre, colgando inmóvil del antebrazo deshecho por el hierro. Un tiro de arcabuz le había atravesado la carne a la altura de la correa de la rodela. El hueso estaba roto desde luego, pero algo le decía que aquella herida era algo más. Era incapaz de mover los dedos. Le invadió el miedo, no quería ni pensar que no pudiera seguir sirviendo en el Tercio… él, que no sabía hacer otra cosa…

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Como está de moda el Cervantes difunto, célebre genio de las letras, me ha parecido adecuado aquí recordar su juventud, cuando Don Miguel, por entonces Miguelillo, se ocupaba en oficios más arriesgados aunque no menos emocionantes que la literatura. Cuando tienes 24 años, das por sentado que una serie de cosas irán acaeciendo en tu vida, tienes por cierto que la secuencia de hitos que la sociedad ha prescrito para ti se cumplirá como si estuviera grabada en una sagrada Piedra del Destino que llevara tu nombre. 

Ser un buen chico, estudiar, seguir estudiando, enamorarte de una buena chica, un noviazgo como Dios manda, terminar tu estudios, hacer la mili (ya no, allá ustedes), comenzar a trabajar, ganar y ahorrar dinero, comprar tu piso, casarte (también como Dios manda), fundar una familia y tener hijos (en plural, hijos). Y esto solo es la primera parte del guion. Podríamos seguir leyéndolo y llegaríamos al final de nuestros días. Un guion copia-pega de todos los demás, un guion que, alguien diría una vez (supongo), nos garantiza la felicidad y la paz.

Sin embargo, algunos reciben la visita inesperada de la vida. Se te presenta un buen día, sombrero en mano, dirigiéndote una sonrisa misteriosa, mientras se te inclina, educada, con una reverencia propia del Siglo de Oro en que vivió Don Miguel.

Palas Atenea, sabiduría, estrategia, artes, justicia,...
A partir de aquella visita, dejas atrás tu juventud. Quizá la madurez se te eche encima, como un capote, demasiado pronto. Quizá asome la nieve a tu cumbre antes de tiempo. Pero es lo que hay. Tras aquella visita, y tras una fase de lógico desconcierto (crisis se le llama también) y si así lo aceptas, puedes comenzar a despojarte, no sin dolores, de tantos mitos y creencias que, siempre con la mejor intención, nos van grabando nuestros mayores en el disco duro. Es complejo el desinstalar un sistema operativo e instalar uno nuevo. Doloroso arrancarse excrecencias que sin remedio se te llevan jirones de piel propia con ellas. Es difícil y largo, especialmente porque no te ayuda nadie. Al principio solo tú, tu intuición y tu fuerza de voluntad, podrán ayudarte a encontrar la ruta entre la niebla. Después, vas encontrando amigos por el camino. 

En mi caso encontré muchos Aristipo, Pródico, Epicuro, Lucrecio, Virgilio, Celso, Cicerón, Lao Tse, Musashi, Frazer, Hawking... La lista se haría interminable, harían falta cien vidas para escucharlos a todos y para leer otros miles de textos antiguos que contienen un caudal de sabiduría inabarcable. 

Y cuando superas la prueba, cuando reconduces tu ruta y recalculas tus planteamientos, te invade la paz y el orgullo de haberte adaptado, de haber aceptado el cambio.  

El cambio, ese estado que debería ser permanente. Para cambiar deberás desoir consejos de tus mayores, te hará falta levantar esos pies que siempre te han dicho que no debes separar del suelo.

Me alegro de que la vida me visitara. No una, sino varias veces. Que en cada una de ellas, me diera la “mala noticia” de que mis planes no iban a salir tal como yo esperaba. Porque tras cada mala noticia, tras cada crisis personal, he descubierto nuevos mundos, he atravesado nuevas puertas, he navegado nuevos mares y he vivido nuevas vidas. 

Nunca desesperes. Miguel de Cervantes se refugió en su cierta habilidad literaria porque su carrera militar acabó abruptamente. Él vio como la mayor desgracia la herida que le mutiló. Pero al final de sus días, poco antes de morir de diabetes a los 68 años,  quizá intuyera que aquella bala turca, le regaló la inmortalidad, un 7 de octubre de 1571.


Que es la luna donde el destino quiso
que mi alma torturada hallara el paraíso.
Puede que allí me esperen, si es cierto lo que creo,
el alma de Pitágoras, o la de Galileo.

Edmond Rostand
Cyrano de Bergerac

25 enero 2015

DESPACIO POR FAVOR



En efecto, en el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y puntiagudas torres del monasterio en donde, ya instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros a soportar la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y su natural propensión a la vagancia se lo permitan.


Debo agradecer la chispa de este artículo a un hombre muy trabajador. Aquel hombre tan ocupado, estuvo a cargo de una ponencia a la que asistí una mañana de noviembre en la fundación de una gran empresa de la que, como siempre, he olvidado el nombre. Aquel importante directivo debía hablar a su auditorio de buena mañana sobre el impacto que la tecnología había tenido sobre la productividad de las empresas y sus trabajadores. 

En el comienzo, aquel bien pagado ejecutivo no desaprovechó la oportunidad de contarnos lo tarde que se había acostado el día anterior a causa de su tan dilatada como habitual jornada de trabajo. Relató que aquella mañana le sorprendió en Madrid sin ningún tipo de presentación preparada para nosotros. Pero que, no obstante haberle cogido el toro, la tecnología le había permitido aprovechar las dos horas y media de trayecto en AVE hasta Sevilla, para elaborar aquel PowerPoint que ahora teníamos el privilegio de disfrutar todos los asistentes. 

Tu tiempo es mi oro (M. Burns)
“¡WOW!” Grité para mis adentros. Aquel tío era súper-productivo. No paraba nunca de trabajar y sacaba el máximo partido de todas las herramientas que la tecnología ponía a su alcance. Su jefe debía de quererle muchísimo.

¿Y alguien más?  
 
“Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir.
Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo,
pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida.”

Reflexioné sobre un tema que se ha convertido en uno de los sillares de mi pensamiento vital desde que leí “Elogio de la lentitud”. Este libro que, como todos los regalados, uno lee de forma especial, me ayudó a descubrir y a dar forma a ideas que a todos nos revolotean por la mente, de un modo u otro. La obra se ha convertido con los años en un  mantra del movimiento Live Slow o movimiento lento, una filosofía de vida que contrapesa la aceleración constante de nuestra sociedad occidental y que pretende concienciarnos de la importancia de calmarnos. El autor, Carl Honoré, nos alerta de que los ritmos de la vida humana tienen poco que ver con la comida rápida, las agendas apretadas o el estrés al volante. Actividades como el descanso, la comida, hacer la compra, viajar, hacer ejercicio o tener sexo, han sido sometidos a la tiranía del tiempo, haciéndonos perder la única vida que nos ha sido dada. Hasta en un viaje de placer caminamos aceleradamente para ver o hacer todo lo que nos habíamos propuesto previamente.


Les iré dejando a lo largo del artículo algunas frases de este libro, de lectura completamente recomendada.

“Hoy todo el mundo sufre la ENFERMEDAD DEL TIEMPO:
la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja y
debes pedalear cada vez más rápido”

Pero no me limitaré en este artículo a recomendarles libros. El propósito de estas líneas, donde como ya saben siempre me mojo, es el de abundar en el ya abierto debate de la productividad y el tiempo.

Mucho nos han sermoneado desde el inicio de la crisis acerca de la baja productividad de España y los españoles. Y desde luego también nos han dado las consabidas recetas los expertos de turno: trabajar más y por menos dinero. Curiosamente, estos expertos obvian el hecho de que los países que precisamente nos superan en productividad tienen sueldos mas altos y trabajan menos horas. Al parecer España ha de encaminarse a ser la India antes que a ser Alemania.

“La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu
cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes…
Viajamos constantemente por el carril rápido, cargados de emociones,
de adrenalina, de estímulos, y eso hace que no tengamos nunca el tiempo
y la tranquilidad que necesitamos para reflexionar y preguntarnos
qué es lo realmente importante.”


Que la productividad de un país no está ligada exclusivamente al nivel de sus salarios es algo que es pura matemática. Pero si observan la gráfica siguiente, podrán obsevar también que, científicamente, no por mucho trabajar, uno produce más.


Aunque llama bastante la atención que la curva se vuelve practicamente insensible a incrementos de horas por encima de las 40 horas semanales, lo que de verdad interesa es apreciar lo notablemente plana que es esta gráfica. Es decir, realmente la productividad de los trabajadores está poco afectada por el número de horas trabajadas.
“A menudo, TRABAJAR MENOS significa trabajar mejor.
Pero más allá del gran debate sobre la productividad
se encuentra la pregunta probablemente más importante de todas:
¿PARA QUÉ ES LA VIDA?

Y todo esto caló en mi mente porque yo había estado allí. Yo había vivido en el pais de la falsa productividad, en el mundo de las jornadas interminables, en la tierra del trabajo sin límites. Pero era en mis vacaciones donde se me ocurrían las ideas. Era allí en la playa, descansando bajo mi sombrilla, donde me asaltaba la creatividad, donde tenía que apuntar en cualquier trozo de papel las innovaciones y proyectos que se me ocurrían.

El imprescindible descanso, el sosiego, el relax de la mente y del cuerpo. Estas son la clase de cosas que la tecnología nos ha ido arrebatando, de puntillas, sin que nos demos cuenta. Los perjudicados han sido nuestra salud, nuestra creatividad y nuestra felicidad a partes iguales.

 “Hay que plantearse muy seriamente
A QUÉ DEDICAMOS NUESTRO TIEMPO.
Nadie en su lecho de muerte piensa: “Ojalá que hubiera pasado más
tiempo en la oficina o viendo la tele”, y, sin embargo, son las cosas
que más tiempo consumen en la vida de la gente."

Como bien saben los seguidores de mi Blog, soy un gran aficionado al estudio de la Historia. Y una de las cosas que pronto percibe quien se interesa por esta materia, es que, tiempo atrás en la Historia, los días transcurrían con otro ritmo. La tecnología no permitía la instantaneidad de acontecimientos, con lo que las vidas de las personas eran mas lentas. Algo así como si los relojes transcurrieran mucho más lentamente. Los viajes eran asunto de semanas o meses, las noticias tardaban días en llegar de un punto a otro y cualquier obra o proyecto era asunto de varios años. Que nadie caiga en la fácil crítica de que desprecio las ventajas que la ciencia y la tecnología nos otorgan hoy en día. Solo digo que podríamos hacernos preguntas acerca de si en el siglo XXI, vivimos más y mejor que hace tiempo. ¿Realmente lo hacemos?

“La lentitud nos permite ser más creativos en el trabajo,
tener más salud y poder conectarnos con el placer y los otros”

La creación, la invención, la innovación. Esa capacidad que, según Mary Shelley,  algunos tienen para  moldear los materiales oscuros e informes del caos. Cuanto más creativo te propongas ser, mayor enemigo tendrás en la aceleración de tu tiempo. Y cualquiera que aspire a directivo o empresario debería ser bastante creativo. Así que si piensas que estás en el caso de vivir demasiado aceleradamente, quizá deberías cuestionarte hacer algunos cambios en su vida.

  • ¿Por qué acumular todo el descanso en un mes del año?  Desde que soy emprendedor, todos mis días compaginan descanso y trabajo. En mis semanas se conjugan la producción y el ocio. En mi vida no hay lunes. Configuro mis horarios y nunca me pesa madrugar. Lo mismo estoy atareado hasta las 11 de la noche, que otro día apago el ordenador a las 11 de la mañana.
  • Haz pausas frecuentes en tu trabajo, todas las que necesites y sin poner en peligro el terminar las cosas que empieces.
  • Quizá deberías cambiar de actividad y hacer algo que te apasiona. Si te dedicas profesionalmente a lo que te gusta, nunca tendrás que ir a trabajar. Y el tiempo será diferente para tí. 
  • A todo el mundo le gusta tener su casa junto al trabajo. Pero si no puedes mudarte junto a tu oficina, ¿qué tal llevarte la oficina a casa? Todavía son pocas las empresas que trabajan por objetivos o asumen en serio el teletrabajo. Por eso la gente emprende y monta su despacho, oficina o taller en casa. Algo que ya hicieron creadores como Bill Gates, por ejemplo.  
  • Realiza un uso inteligente de la tecnología. Utiliza las herramientas de gestion del tiempo, pero no para encadenar tareas de modo obsesivo y exprimir al máximo tu tiempo. Deja huecos entre ellas, distribuye tus tareas de manera espaciada en tu jornada. Incluye en cada una no más de 6 horas diarias de tareas programadas. No te averguences: otras tareas no programadas te asaltarán sobre la marcha y sin avisar y te verás obligado a dedicarles tiempo.

Terminaré con un ejemplo histórico de creatividad que me causa tal simpatía que no puedo dejar de utilizarlo aquí.

Samuel L. Clemens fue uno de esos hombres bendecidos con el genio de la fertilidad creativa. Nació en Missuri, Estados Unidos, en 1835. Fue un precoz y declarado defensor de los derechos de las mujeres y de los trabajadores. Criticó la discriminación racial y el incipiente imperialismo de su país. Y aunque esta arquitectura intelectual basta para ganarse mis simpatías, si tienen la suerte de leer su biografía, descubrirán un detalle curioso. Clemens  era un hombre que trabajaba acostado. 
 
Les cuento. Durante su viaje de novios por Europa, Samuel y su mujer, Olivia, compraron una cama de matrimonio veneciana. Esta cama y su tallado cabecero de madera oscura, enamoraron a Samuel de tal modo, que aquel lecho se convertiría en su despacho profesional de por vida. Tanto le gustaba el cabecero, que los Clemens dormían al revés, de cara a contemplar permanentemente el trabajo de artesanía que tanto les gustaba. Acostado en su cama, Samuel escribió cientos de obras, entre oratorias, literarias y periodísticas. Allí recibía a sus amigos y familiares. Huttleston, Tesla, Stowe, Douglass y Howells fueron algunos de los que tuvieron oportunidad de conocer a un genio acostado como Samuel Clemens. Todos ellos certificaron que para él, las cosas marchaban de un modo lento.

Clemens pasó a la Historia por libros como Las aventuras de Tom Sawyer o El príncipe y el mendigo, en los que firmaba con el universal pseudónimo de Mark Twain, por el que ustedes y yo le conocemos hoy.

Por cierto, Twain es el autor de una mis frases favoritas. La frase de un hombre que ahorra esfuerzos, sin duda: Si dices siempre la verdad, nunca tendrás que acordarte de nada.

Y como dice un proverbio ruso "Las prisas solo sirven para atrapar moscas".

No olviden pasear solos por la orilla del mar de vez en cuando.


En efecto, en el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y puntiagudas torres del monasterio en donde, ya instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros a soportar la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y su natural propensión a la vagancia se lo permitan.

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)
Periodista y poeta sevillano
Cartas desde mi celda


13 diciembre 2014

ENTREGAME TU VIDA



… the hand of Time rested on the half-hour mark, and along all that old front line of the English there came a whistling and a crying. The men of the first wave climbed up the parapets, in tumult, darkness, and the presence of death, and having done with all pleasant things, advanced across the No Man's Land to begin the Battle of the Somme.


En la mañana del 1 de julio de 1916, justo cuando las manillas de los relojes de cadena marcaban las 0720 horas, unas explosiones subterráneas hacían volar por los aires varias posiciones alemanas. Justo a las 0728 volvía el silencio. Durante dos minutos solo el murmurar de las oraciones se oía en el tramo de trinchera asignado al regimiento. A las 0730 el coro de los silbatos de los oficiales comenzó su letanía de la muerte, comunicando la orden de asalto a las posiciones alemanas. Allá iba lo mejor del 11º Batallón del Regimiento de Fusileros de Lancashire. Allá treparon por el parapeto de tierra, los que llevaban semanas preparándose para la Batalla del Somme. Allá todos los que hasta el momento se habían librado de la disentería, de las pudriciones en los pies por la constante humedad  o de la fiebre de las trincheras transmitida por los piojos. Allá iban porque se lo habían ordenado políticos incompetentes y sin escrúpulos con la vida humana. Generales que miraban mapas anticuados, que recibían telégrafos con información inexacta, que ignoraban las fuerzas del enemigo  y que pensaban que la guerra se libraba como en tiempos de sus abuelos. Ni unos ni otros habían previsto  los cambios que la tecnología había introducido en la guerra, no habían tomado medidas para adaptar las tácticas a las nuevas armas presentes en los campos de batalla. 

Y allá corrían torpemente bajo el peso de sus equipos, los valientes muchachos del 11º. Hacían lo que se les ordenaba, porque otros eran más sabios que ellos. Allá les llovió hierro mientras hundían sus botas en la mezcla de fango, heces y sangre de la Tierra de Nadie. Perfectamente visibles desde las trincheras alemanas, las ametralladoras Maschinegewehr 08 vomitaron muerte sobre las bien dibujadas figuras de los soldados británicos. Como en una barraca de feria, los tiradores del Regimiento de Infantería König de la 1ª División de Infantería de Baviera, recargaron, apuntaron y dispararon tan rápido como pudieron, llevando al límite los mecanismos de sus recios fusiles Mauser

En poco más de 5 minutos, los alemanes habían acabado con las vidas de casi todos aquellos muchachos nacidos en las verdes praderas de Inglaterra. Allá dejaron su vida porque se lo habían ordenado los que mandaban. Aquellos muchachos no pudieron elegir otra cosa.

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Podría decirles que escribo este artículo en memoria del centenario de la I Guerra Mundial, tan cruel como absurda e inútil. Pero realmente no es así. Todo surgió en Twitter. Tuve acceso a un twitt, publicado por una ¿prestigiosa? firma de Recursos Humanos de cuyo nombre no quiero acordarme. El twitt decía (copio-pego), Cómo conseguir que no te echen, según uno de los jefes que más gente ha despedido #empleo #RRHH.

Aunque soy un curioso patológico, creo que un titular así debería llamar la atención de cualquiera. “Cómo conseguir que no te echen”. No tengo claro que nadie tenga en su mano que no le echen de una empresa llegado el momento. Por eso hice click en el link abreviado adjunto y acabé en la página de un diario digital de cuyo nombre (amnesia selectiva) tampoco quiero acordarme. En el mismo se glosaban las teorías de Jack Welch contenidas en su último libro y en artículos publicados por el Wall Street Journal

Para quién no lo conozca, Welch fue el prototipo de yuppie de la década de los 80 del pasado siglo. Cuando su meteórica carrera le llevó a lo más alto de General Electric, consiguió quintuplicar su facturación, convirtiéndola en una de las más grandes empresas del mundo. Pero se hizo famoso por realizarlo simultáneamente a la reducción drástica de personal y a la implantación de unos procedimientos de recursos humanos  muy novedosos: todos los años, Welch despedía al 10% de los empleados con peores resultados mientras que premiaba a los 20% mejores con subidas de sueldo y acciones de la compañía. Si eras empleado de GE no bastaba con cumplir tus obligaciones, debías generar cada año más y más beneficios para tu empresa. Sí, supongo que les estará recordando a las purgas stalinistas de la década de 1930. A eso y a otras muchas cosas.

He aquí algunas frases contenidas en el libro y artículos de Welch:

“Si te agota trabajar 70 horas a la semana es que eres un inútil y no sirves”

“La gente a la que le agota trabajar 70 horas a la semana no es lo suficientemente competente como para realizar las tareas que le han sido asignadas, por lo que se contrató a la persona equivocada”.

“Aquellos que comiencen a centrarse más en la familia y en sus aficiones que en el trabajo serán reemplazados”

Tan pancho. 

Pero si piensan que Welch es un paria de la vida profesional, aborrecido por la comunidad de directivos sensatos, se equivocan. Es considerado uno de los hombres de éxito, un motivador y un líder que entusiasma. El LinkedIn cuenta con 4 millones de seguidores y es un influencer de 3ª, algo que ni usted ni yo seremos nunca. Hoy en día, este Welch es un tipo que cobra 8 millones de dólares al año de pensión y se dedica a jugar al golf. A jugar al golf y a dar conferencias en las que expone estas teorías para quien le quiera escuchar, a cambio de una magra compensación.

Confieso que no había leído previamente la obra de Welch. Era para mi solo conocido como el principal directivo de una de las mayores empresas del mundo. Ahora no tengo interés en conocer nada más. Pero mi preocupación descansa sobre el peso e influencia que personajes como éste están teniendo en nuestra filosofía del management moderno y en las tendencias de gestión de los recursos humanos en las empresas. Da cumplimiento a uno de las amenazas que han revoloteado sobre el mundo desarrollado desde el comienzo de la crisis: el peligro de la neoesclavitud, el nacimiento de la figura del trabajador pobre, la vuelta atrás en las teorías sobre identidad entre felicidad y productividad en los empleados de la compañía.

70 horas semanales. 14 horas diarias de lunes a viernes, desde las 8 de la mañana hasta las 11 de la noche, contando una pausa (por Dios) de una hora para comer. O 10 horas diarias de lunes a domingo, en una semana laboral sin fin de 7 días. Nadie debería poder obligar trabajar a otro ser humano 70 horas semanales por ningún sueldo. Ni a los animales se les hacía trabajar tanto en la época preindustrial. Supongo que los seguidores de Welch son de los que luego se preguntan abrumados que de dónde salen tantos comunistas revoltosos.

Todo tu tiempo para la empresa. Toda tu vida para tu empresa. Como los jóvenes soldados británicos del Somme, los empleados de hoy corren el riesgo de entregar toda su vida por la incompetencia, la ambición y la falta de escrúpulos de otro.

Me hago muchas preguntas.

¿Es así como se gobierna una empresa? ¿Son estos la clase de secretos que cimentan el éxito de las corporaciones y las empresas?¿Es este el tipo de mensajes y personajes que conviene retwitear, seguir, marcar como favorito, o publicar en redes sociales?¿No hay nadie que se levante del asiento y denuncie esta obscenidad?¿Por qué es guay conectar en LinkedIn con gente como Jack Welch?¿Por qué es bueno callar?¿Es moral que Jack Welch, ahora disfrute de una paga de 8 millones de dólares anuales y se dedique a jugar al golf y a escribir estos artículos?

Vuelvo a retomar aquí a mi querido Edmund Burke y su célebre frase de que “para que el mal triunfe solo hace falta que los hombres buenos no hagan nada”. Yo dejaré escrito este artículo aquí, querido Edmund.

Yo no me callo, señor Welch. No cuente conmigo entre su abundante coro de aduladores y palmeros, tantos de ellos españoles. Mi fórmula de la productividad es distinta. Aun creo en los empresarios que alcanzan sus metas sin esclavos a sueldo. Creo en los empresarios que crean tanto empleo como personas felices, creo en los que no necesitan sorber sangre fresca para sobrevivir. Ellos se afanan en perseguir sus objetivos manteniendo a raya su ambición y en alto sus principios.

Una reflexión final. Está felizmente de actualidad el perseguir los delitos de apología del terrorismo, del racismo o de la violencia de género. Alguien debería regular el delito de apología de la esclavitud.



… the hand of Time rested on the half-hour mark, and along all that old front line of the English there came a whistling and a crying. The men of the first wave climbed up the parapets, in tumult, darkness, and the presence of death, and having done with all pleasant things, advanced across the No Man's Land to begin the Battle of the Somme.

… la mano del Tiempo descansó en la señal de la media hora, y sobre toda la vieja línea de frente de los ingleses, se extendió un pitido y un llanto. Los hombres de la primera oleada treparon por sus parapetos, en tumulto, oscuridad, presencia de muerte y, habiéndose hecho con todas las cosas agradables, avanzaron sobre la Tierra de Nadie para empezar la Batalla del Somme.
John Masefield.
The Old Front line